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La cartaginesa

bh2La cartaginesa

Elisabeth Highlander

Editorial Salamandra

284 páginas

El relato de uno de los acontecimientos históricos más apasionantes, la terrible con tienda entre romanos y cartagineses, adquiere en esta novela un carácter inusual: la perspectiva de los dos bandos enemigos. Antopa, una niña huérfana de trece años, hija de un general cartaginés y prometida de Asdrúbal, es capturada en una refriega cuando el ejército invasor de Aníbal sitia Roma. Acogida como una hija en el seno de una familia romana de alta estirpe y educada por Valeria, señora culta y refinada, la niña va adquiriendo la forma de pensar, las costumbres y los hábitos ciudadanos propios de la capital del Imperio. Años más tarde, convertida ya en una hermosa joven romana y cuando el amor ha irrumpido con toda su pasión en la persona de Marco, un viaje a Cartago conmociona sus sentimientos más íntimos. Atrapada entre la lealtad a sus orígenes y la fidelidad a un hombre y una familia que han transformado su vida, Antopa es un testigo muy especial de la ofensiva final de Escipión contra Aníbal. Una apasionada historia de amor en medio de un mar de aventuras que afronta con rigor y verosimilitud las gurras púnicas.

20091024elpepicul_4“Si los muertos no resucitan”

Philip Kerr
Ediciones RBA
Comentario de Jacinto Antón. El Pais

Compartir el postre favorito de Hitler, Kaiserschmarrn -una especie de crêpes troceados y dulcísimos-, crea vínculos. Que se estrechan aún más si bebes juntos schnapps en un bar de la Kurfürstendamm de Berlín o paseas codo con codo, estremecido, sobre las ruinas del Führer Bunker y los restos del viejo cuartel de la Gestapo en la Prinz Albrecht Strasse. “Aquí fusilaban con tanta puntualidad que la gente al oír las descargas ponía en hora los relojes”, explica con su habitual ironía en el viejo paisaje del horror (y ríete tú del pasaje del terror), el escritor Philip Kerr. El autor de Berlin Noire, una de las grandes series del policiaco, protagonizada por el cínico, mujeriego y definitivamente inolvidable detective Bernie Gunther, que trabaja en un ambiente tan negro como el de la Alemania nazi, ha viajado a la capital alemana para presentar su nueva novela del ciclo, la sexta, Si los muertos no resucitan, ganadora del Premio Internacional de Novela Negra RBA. Recorrer con él los escenarios de su narrativa es una experiencia sensacional que además permite conocer a fondo al autor y su método de creación (¡hay que ver cómo se documenta!). Uno se entera también de cosas más íntimas, como de que detesta los Juegos Olímpicos -los nazis del 36, telón de fondo de su nueva novela, pero también los de Londres del 2012-, que salió por piernas de una visita al castillo de las SS en Wewelsburg o que su hija pequeña va al colegio con una nieta de Von Stauffenberg. El por qué del universal e inagotable interés por los nazis, Kerr lo tiene claro: “A todos nos fascina la extrema maldad; los nazis son como Drácula, pero reales. Aluden además a nuestra propia oscuridad: ninguno estamos libres de hacer lo que hicieron”. El paseo por Berlín con Kerr no es tan duro como los que acostumbra su detective (vamos, que no hay que pegarse con los matones de las SA ni te obligan a subir a un coche oscuro los villanos con cara de cuero de la Gestapo), pero hace un frío que congela la Historia y que sólo se hace soportable por el interés de lo que el novelista explica y por los guantes y el gorro ruso adquiridos a precio de estraperlo en un puesto callejero cerca del Checkpoint Charlie. Luego hay que quitárselo todo para entrar al hotel con la prestancia que éste exige. Y es que Kerr (¡y nosotros!) se aloja en el Adlon (Unter der Linden, 1), el gran hotel histórico-literario de Berlín, el hotel escenario de, precisamente, Gran Hotel (la novela y la película) de Vicky Baum, que aparece en Adiós a Berlín de Isherwood y en el que a veces quedaba la querida Sally de Cabaret para un revolcón, el marco de tantas historias románticas, de espías y de guerra. Un lugar en el que la cama de tu habitación permite dar cuatro vueltas completas (comprobado), hay mujeres misteriosas clavadas, ¡oh!, a Greta Garbo y más mármol que en una cantera, como dice en Si los muertos no resucitan Gunther, a la sazón detective del Adlon, escenario fundamental de la trama. La primera parte de la novela transcurre en 1934, con los nazis consolidándose en el poder y los judíos (y los buenos alemanes, como nuestro Gunther, que además se descubre una abuela hebrea) aprendiendo lo que eso significa. El ex policía se ve involucrado en una intriga que mezcla la Berlín preolímpica de Hitler con la mafia estadounidense (un tema a explorar) e incluye figuras nazis, boxeadores, una bella y desenvuelta (“espero que hayas traído la lanza de Parsifal, Gunther”) periodista judía americana, un gánster con metralleta Thompson y picahielo y varios asesinatos. La segunda parte de la novela transcurre en La Habana en 1954 y en ella aparece como secundario de lujo Guillermo Cabrera Infante. Hablando cerca de la azotea del Adlon, adonde los clientes se encaramaron en 1933 para ver las llamas del Reichstag, Kerr defiende el sentido de humor de los alemanes. “Lo tienen, lo que pasa es que es muy negro, amargo, grotesco a veces. El de Gunther tiene mucho de rebeldía. Si no fuera por eso, la historia sería demasiado depresiva”. Del sentido moral del detective dice: “Yo fui criado así. Los escoceses somos una raza con grandes conflictos morales. La lucha de Gunther contra los nazis puede parecer perdida en términos históricos, pero obtiene algunos pequeños triunfos, y mostrar eso es importante”. Gunther va a seguir (¡viva!). Su próxima aventura transcurrirá en la cárcel de Landsberg, encerrado con los peores nazis -los mandos de los Einsatzgruppen de las SS- , y también como prisionero de guerra de los rusos. Con esos escenarios, sin duda añoraremos el Adlon.

moral-209x300La Cuestión religiosa en la Segunda República española. Iglesia y carlismo

Antonio Manuel Moral Roncal

Biblioteca Nueva, Madrid 2009

263 páginas

Comentario de Ricardo Martín de la Guardia – CDL

 

A partir de 1931, la victoriosa conjunción republicano – socialista desarrolló una política religiosa en España marcadamente anticlerical y, según los partidos de derechas, antirreligiosa, consecuente con su propia cultura heredada del conflictivo siglo XIX. Acabar con la Iglesia católica, o mermarla al máximo, era la garantía definitiva del progreso, pues la institución y su control de la enseñanza no resultaban ser temas relacionados con el ejercicio de la libertad sino con la salud pública para los vencedores del 14 de abril. Ellos consideraron necesario limpiar el presente de los lastres atávicos que representaba, intentando excluir de la vida pública a los herederos de ayer, pero no midieron bien las consecuencias de esa política secularizadora, pues suponiendo que estaban borrando el pasado lo volvieron a unificar; pensando que el movimiento católico había muerto, ayudaron a resucitarlo y con una solidez que no había tenido en las décadas anteriores. Como se advierte en este libro, si bien las posiciones ideológicas del cosmos conservador antirrepublicano difícilmente admitían modificaciones sustanciales, no es menos cierto que la Santa Sede -apoyada en la existencia de los partidos de derechas posibilistas como Acción Popular o Derecha Regional Valenciana- no se opuso nunca a una posible aceptación y convivencia con la República, con tal de salvar algunos derechos de la Iglesia. Sin embargo, tanto los extremismos políticos como los aliados del 14 de abril hicieron todo lo posible para dinamitar ese acercamiento.

El error de los republicanos y socialistas fue no comprender que si bien los católicos no habían desaparecido se encontraban políticamente desarmados: resultaba, pues, posible llegar a un acuerdo de convivencia que el propio sentido de Estado imponía a todo gobernante y más si presumía de ser democrático. Sin embargo, socialistas y azañistas se empantanaron en los Iodos de una política excluyente y maximalista, que provocaron una honda desilusión en Roma. En esos años, la defensa de unos principios irrenunciables no impidió a la jerarquía española rebajar el catastrofismo de amplios sectores católicos, a los cuales conminó a actuar dentro de la legalidad. No obstante, la complejidad de la Iglesia hispana, las dudas de Roma a partir de la sangrienta Revolución de Asturias en 1934, la aparición de un fuerte movimiento de laicado fueron acompañados de una división o incertidumbre entre las masas católicas. Pero si el destino de la Segunda República se decidió en terrenos alejados del religioso, lo cierto es que en él se originó la movilización del cosmos católico y, paralelamente, una sorprendente emergencia de las derechas españolas en un espacio de tiempo muy corto. Precisamente, el movimiento contrarrevolucionario más importante del siglo XIX, el carlismo, resucitó de sus cenizas en esta época, demostrando la suficiente habilidad para aumentar su poder e influencia a todos los niveles aprovechando, entre otros factores, la problemática política anticlerical.

Los tradicionalistas pronto advirtieron que la cuestión religiosa era una polémica sumamente útil para la movilización social, por lo que trataron de presentarse como modernos cruzados. Entre 1931 y 1936, los carlistas pusieron en marcha una amplia serie de actuaciones y respuestas políticas, sociales y culturales -analizadas en este interesante libro-, enfrentándose no sólo a los vencedores del 14 de abril sino también a los posibilistas católicos, combatiendo y debilitando su proyecto accidentalista, el cual no encontró tampoco el debido apoyo entre las izquierdas moderadas. La secularización republicana aumentó su carácter conflictivo, en un momento político en que resultaba necesario -para evitar el aumento de los extremismos- un encuentro entre católicos y laicos.

Los detectives salvajes

detectivessalvajesLos detectives Salvajes
Roberto Bolaño
Ed. Anagrama 2006
978-84-339-6663-6
622 paginas 

Interesante esta noticia que ha sido muy comentada en estos días. La novela Los detectives salvajes, del escritor chileno Roberto Bolaño se encuentra en la lista de los cinco mejores libros del año según el Washington Post. Había indicios de la buena aceptación de esta novela en el mundo anglosajón desde los primeros meses del año. En el New York Times, por ejemplo, han venido apareciendo algunos trabajos importantes en torno a Bolaño y su obra. En abril apareció el artículo de James Wood, The visceral realist y luego en Julio el trabajo más largo de Francisco Goldman, The great Bolaño. Pero no solo allí, sino también en muchos otros medios anglosajones han aparecido reseñas elogiosas de esta obra cumbre ganadora del Premio Herralde en 1998 y del Premio Rómulo Gallegos de 1999. En el Washington Post resalta el trabajo de Ilan Stavans Willing outcast, donde presenta a Bolaño como un escritor iconoclasta que habiendo nacido en Chile se convierte en un escritor mejicano. Algunas cosas resultan interesantes de esta entrada del escritor chileno al mercado norteamericano. Por un lado, la obra de Roberto Bolaño tiene una marcada influencia de la literatura norteamericana, a la cual, me consta, admiraba pero, por otro, es una obra muy marcada por la historia latinoamericana y, especialmente chilena y, sin embargo, es capaz de trascender el localismo y hacer de los suyos personajes entrañables así como de sus anécdotas, historias innolvidables. Los detectives salvajes es una novela que podría enmarcarse dentro del género negro con muchos bemoles. Tiene de ella que quienes realizan la búsqueda, en este caso de una escritora desaparecida, son dos escritores, es decir, dos amateurs. Pero al mismo tiempo, la novela es un viaje de 20 años, desde Chile hasta México, con una triangulación de personajes ligados a la literatura. Se trata de un viaje y una búsqueda que puede ser, al mismo tiempo, el viaje que es la literatura porque, para Bolaño, ella es: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro. Los detectives salvajes o, mejor dicho, The savage detectives fue publicada por la editorial Farrar, Straus and Giroux a principios de este año y rápidamente despertó la atención de críticos y medios. La traducción fue hecha por Natasha Wimmer. Buen momento para una obra de alguien que merece todos los reconocimientos, lástima que póstumos.

Juliana Boersner papelenblanco.com

Para saber más

El abuso sexual

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Dra. Patti Feuereisen

Una de cada cuatro chicas son víctimas de abusos sexuales antes de llegar a los dieciséis años, y el 48 por 100 de todas las violaciones se realizan a jóvenes menores de edad. Lo peor es que en esta sociedad, donde el abuso sexual está tan extendido, muchas mujeres ocultan sus historias. Permanecen escondidas, invisibles. La presente obra no sólo cuenta la verdad sobre estas agresiones; también cura. A traves de conmovedoras historiasd e sufrimiento la doctora Patti y las mujeres que las realatan nos aportan un mensaje alentador: si las chicas aprenden a contar sus historias durante el período que va desde la adolescencia hasta los veinte años, pueden curarse de manera notoria. “EL ABUSO SEXUAL cuenta la verdad sobre estos abusos como ningún otro libro ha osado hacerlo.
La presente obra no sólo cuenta la verdad sobre estas agresiones; también cura. El consejo amable de la doctora Patti y las impactantes historias relatadas por las propias jóvenes nos aportan un mensaje alentador: si las chicas aprenden a contar sus historias durante el período que va desde la adolescencia hasta los veinte años, pueden curarse de manera notoria.
La DOCTORA PATTI FEUEREISEN es una pionera en el tratamiento del abuso sexual en adolescentes y en mujeres jóvenes. Ejerce como psicoterapeuta en la ciudad de Nueva York, realiza talleres a nivel nacional y es la fundadora de www.girlthrive.com , una página web que ofrece ayuda y consejos a las mujeres afectadas por abusos sexuales.

9788420691169Tres décadas de cambio social en España

Juan Jesús Gonzalez y Miguel Requena
Alianza Editorial
Madrid 2005
348 páginas

Un grupo de jóvenes sociólogos demuestra bien a las claras en este tomo colectivo que lo ocurrido en las décadas de los ochenta y los noventa en España implica un profundo cambio en beneficio de la calidad de vida y de los servicios de que gozan los ciudadanos.

Si se comparan con 1970, los españoles y las españolas de hoy se casan más tarde, aunque cohabiten antes; tienen menos hijos y no les inquieta gran cosa tenerlos fuera del matrimonio; se identifican como católicos pero no van a misa, ni cumplen los mandamientos, ni se toman demasiado en serio los dogmas; no emigran ni cambian apenas de lugar de residencia y, cuando lo hacen, no se aventuran más allá de los límites de su provincia; no muestran ninguna prisa por morirse e incluso un buen lote se obstina en pasar de los ochenta años, o sea, que gozan de una larga esperanza de vida; no trabajan en la agricultura más que en una ínfima proporción; disponen de algunas posibilidades de moverse hacia arriba en la escala social; disfrutan de un considerable volumen de Estado de bienestar del tipo corporativo mediterráneo y han ido colmando buena parte del abismo que separaba a hombres de mujeres hace no más de treinta años.
Éstas son algunas de las con
clusiones a las que llega un plantel de sociólogos, adultos pero todavía jóvenes, pertenecientes a la primera generación de científicos sociales que ha dejado de llorar sobre los males de la patria y de hurgar en la herida de su metahistórico fracaso. No sólo que no lloren: es que rebosan de satisfacción al sentirse parte de ese cambio social por el que un país que era, como dicen ellos, cerrado, autoritario, poco competitivo y provinciano, se ha convertido en una sociedad abierta, tolerante, diversificada y capaz de beneficiarse de las oportunidades que ofrece el proceso de globalización; un país más acogedor y cohesionado, que ha resuelto las grandes cuestiones que -dicen también ellos- lo llevaron a la Guerra Civil en los años treinta.
Lejos de la guerra, pero no menos lejos del franquismo, resulta refrescante tropezar con unos sociólogos dispuestos a levantar el diagnóstico de los bienes, más que de los males, de la patria y comprobar que aquella literatura terapéutica que tanto abrumaba a don Juan Valera en su vejez haya pasado a mejor vida. Rompiendo una costumbre ancestral, los autores de esta serie de estudios no sienten rubor alguno en afirmar que el balance de las tres últimas décadas es claramente positivo y que, como resultado de ello, vivimos en un país que ha sido durante ese periodo un modelo o una referencia mucho más que el contramodelo que se había acostumbrado a ser durante los últimos dos siglos.
No se trata, desde luego, de meras impresiones propias de narcisistas autocomplacientes. A medida que se avanza en los análisis elaborados para este excelente manual -de la segunda transición demográfica a las nuevas familias, del mercado de trabajo a la inmigración o del Estado de bienestar a la persistente desigualdad y a los niveles de pobreza- salta a la vista que todas esas afirmaciones tienen una sólida base empírica en las que apoyarse. Cuidando de no sucumbir a la jerga del oficio, con una prosa clara y una exposición didáctica, los autores ofrecen una serie de números, cuadros, gráficos y toda la panoplia de instrumentos para fundamentar el principal resultado de su trabajo: que, contra lo que pudieran creer quienes fueran testigos de la gran transformación de los años sesenta, lo ocurrido en las décadas de los ochenta y los noventa implica un cambio más profundo, más radical, en la estructura de la sociedad, en su demografía, en sus ocupaciones, pero también en procesos que atañen a valores y creencias.
Cuando no faltan voces que
pretenden poner patas arriba lo alcanzado en estas décadas, no viene mal echar, con González, Requena y compañía, una mirada atrás y recordar, a modo de secularizado ejercicio espiritual, quiénes somos y de dónde venimos para vislumbrar hacia dónde vamos con algo más de perspectiva del que permite la ración de ruido político con la que nos desayunamos cada día.

La furia y el silencio

furiaLa furia y el silencio
Jorge Martinez Reverte
Ed. Espasa 2008

En la primavera de 1962 se produjo en Asturias, en las cuencas mineras, una huelga silenciosa y pacífica que llegó a acorralar al Gobierno de Franco.
Jorge Martínez Reverte relata con detalle y con una gran carga de emoción aquel estallido popular que supuso un adelanto muy significativo del deseo de justicia y libertad que se materializaría una década después.
El libro refleja un de los movimientos más importantes de oposición contra el franquismo, llevado a cabo en el inicio de los 60 sin armas ni palabras, solo con gestos, en una España en que derechos como huelga no existian, y la palabra obrero estaba prohibida. La protesta enfrentaria a Franco con 40.000 trabajadores.
El escritor Jorge Martínez Reverte ha recuperado en “La furia y el silencio” (Espasa) la memoria de aquellos dos meses de 1962 que cambiaron la conciencia de un país humillado y moralmente miserable “porque de una protesta contra unas condiciones laborales brutales nació la lucha por la libertad, la lucha contra Franco”, según ha explicado en una entrevista con EFE el autor.Después de 5.000 inspiraciones de polvo de carbón extraído a más de 300 metros de profundidad durante seis horas cargando un martillo de cinco kilos, y de dos horas de marcha para llegar y otras dos para volver a casa, todo lo que recibían los mineros eran 85 pesetas al día, cuando un kilo de carne costaba casi 100.Así las cosas, en abril de 1962, siete “productores” de la mina Nicolasa, en Mieres, decidieron, sin intercambiar otra cosa que miradas, no bajar al pozo.A partir de ahí comienza un rosario de detenciones y despidos que sólo terminará el 10 de junio, con el sueldo duplicado y su readmisión, aunque más de cien de ellos no podrán recuperar su puesto y eso dará lugar a otra huelga en agosto. Pero ésa es otra historia.En medio, las empresas mineras, con un papel que el escritor describe como “siniestro”, porque el carbón ya no les era rentable y querían que la situación se degradase al límite para forzar que el Estado, como acabaría sucediendo años después, se quedara con las minas.Es una historia “fascinante”, llena de “personajes maravillosos”, que “la gente debería conocer, porque significó el cambio de un país”, sin líderes, en silencio, sin más altavoz que Radio Pirenaica, y con la sola fuerza de una solidaridad que nunca más se ha visto en España.La chispa de la emulación la encendía el trabajador más respetado con el gesto de no bajar la percha para recoger su ropa de trabajo. No hacía falta más. A los “indecisos” les regaban el camino de maíz y ya sabían ellos que les estaban llamando “gallinas”, “y eso no, cobardes nunca”.”El papel de las mujeres es increíble. Aguantaron las casas, hicieron de mensajeras, tiraron maíz, propaganda, se enfrentaron a los interrogatorios y a la policía. Fueron tan activas como los hombres”.Lo que más le ha interesado al escribir sobre esa “huelgona” es que la historia, documentada a partir de más de 60 entrevistas con sus protagonistas y los archivos policiales, entre otras fuentes primarias, se lea como una novela, “que se entiendan bien los hechos pero a la vez que pueda apasionar”.”Este libro es un esfuerzo de contención porque cada personaje es una novela. Son vidas brutales en un ambiente oscuro. Muchos me han fascinado, pero tenía una disciplina de trabajo que me impedía ‘colgarme’ de ellos”.No sobra nadie y tampoco falta. “Quería hacer esta historia coral y ni a mi ni a nadie se le pueden ocurrir personajes tan buenos. Si hubiera metido aquí a Julio Gálvez -su periodista a ratos investigador que ha protagonizado varias de sus novelas- les habría quitado protagonismo, pero volverá aunque aún no se dónde le voy a meter”.

Historia de una traición

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En tiempo de Guerra. El ataque terrorista de Hitler contra Estados Unidos
Galaxia Guttemberg

El prestigioso abogado estadounidense Pierce O’Donell se plantea en este libro, En tiempo de guerra, si un presidente de gobierno puede saltarse las leyes elementales que constituyen el pilar de una sociedad democrática para hacer frente al terrorismo global.

En junio de 1942, dos submarinos alemanes desembarcaron en las costas de Florida y Long Island a ocho comandos nazis. Tenían la misión de infiltrarse vestidos de civil entre la población de las grandes urbes, volar fábricas de suministros bélicos y sembrar el terror poniendo bombas en lugares donde causaran gran cantidad de víctimas. Entrenados durante meses en centros especiales, los terroristas constituían la avanzadilla de un plan ideado por Hitler para desmoralizar a los norteamericanos, todavía traumatizados por la declaración de guerra a Japón, tras el ataque por sorpresa a Pearl Harbour.

Los saboteadores habían vivido anteriormente en Estados Unidos, hablaban inglés como autóctonos y hasta tenían familiares allí; dos de ellos eran ciudadanos norteamericanos. Disponían de mucho dinero, explosivos y tiempo de sobra para planear los atentados con eficacia. El camuflaje habría sido perfecto si se hubiera tratado de un grupo de nazis fanáticos y no de hombres de carácter menos férreo, y que por variadas circunstancias personales tuvieron que aceptar aquella arriesgada misión. Recién llegado, el jefe del comando, John Dasch, en connivencia con otro de sus camaradas, Peter Burger, asimismo poco convencido de su cometido, decidió delatar a sus compañeros al FBI, animado por la esperanza de convertirse en un héroe norteamericano. Los denunció y fueron detenidos enseguida, sin que hubieran planeado siquiera ni un solo atentado.

El FBI ocultó a la prensa que
Dash les había facilitado el descubrimiento de los comandos y proclamó a los cuatro vientos la captura de aquellos “peligrosos terroristas” como fruto de su propia sagacidad. El presidente de Estados Unidos en aquel entonces, Franklin Delano Roosevelt, se tomó el caso de los terroristas con un interés particular: había que darles un castigo ejemplar como advertencia a Hitler. Decretó que los juzgara en secreto un tribunal militar que debía condenarlos a muerte, dado que ello elevaría la moral de los ciudadanos. Aunque iban a ser ahorcados, a los nazis se les asignaron dos abogados militares que actuarían como defensores, uno para el delator Dasch -a quien el FBI le había prometido la libertad si se declaraba “culpable”, algo que luego nadie tuvo en cuenta- y otro para el resto de sus hombres; este último era el coronel Kenneth C. Royall, un hombre honesto y cumplidor de su deber que estuvo a punto de descalabrar el plan al denunciar desde un principio la inconstitucionalidad del decreto presidencial así como el proceder ilegal de aquel tribunal “amañado”. Toda la actuación del abogado se centró en pedir que se respetaran los derechos inalienables de sus defendidos en contra de un presidente todopoderoso.

Pierce O’Donell, “uno de los cien abogados más influyentes de Estados Unidos” según reza la cubierta de En tiempo de guerra, describe con suma agilidad las peripecias del caso de los saboteadores y el desarrollo del duelo titánico que sostuvo el coronel Royall. Por desgracia, fue la lucha de un enano contra gigantes: el tribunal declaró culpables a los acusados; seis de ellos murieron en la silla eléctrica mientras que Dasch y Burger fueron condenados a cadena perpetua, casi como quería el presidente y exigía el “estado de guerra”.

O’Donell alcanza con el relato de aquel caso la actualidad de Guantánamo, Irak o Afganistán. Su libro recuerda que el presidente Bush no ideó esos purgatorios ilegales, donde se retiene durante años a personas que en su mayoría son inocentes, sólo por su perfidia o en competencia con la maldad de Bin Laden y sus fanáticos de Alá, como a veces se proclama en Occidente. Bush declaró el estado de guerra a raíz de los atentados del 11-S ordenando mediante decreto presidencial que se detuviera a sospechosos de pertenecer a Al Qaeda; pero actuó respaldado “legalmente” por sus mejores abogados, y éstos se basaron en el precedente jurídico de Rooselvelt y el caso de los saboteadores, que era harto discutible cuando no erróneo, como O’Donell demuestra en su bien documentado libro.

La práctica de Bush no es única: ya Abraham Lincoln saltó por encima de los derechos legales más elementales al decretar la muerte en la horca de tres hombres y una mujer -quizás inocente- que habían atentado contra él. Y Roosevelt hizo de su ondeante capa un vulgar sayo al suspender los mismos derechos a ciento diecisiete mil ciudadanos norteamericanos de ascendencia japonesa tras el ataque a Pearl Harbour, confinándolos en campos de internamiento desde 1942 hasta 1946, a fin de evitar que pudieran “colaborar con el enemigo”, de su misma “raza”. Aquellas personas inocentes perdieron su libertad en virtud de otro ominoso decreto presidencial y prescindiendo de la Constitución norteamericana que los amparaba. Tanto Bush como los anteriores presidentes ejercieron una potestad de la que en realidad carecían: saltarse las leyes elementales que constituyen el pilar de una sociedad democrática a fin de defenderla de sus enemigos, algo así como pretender esclavizarla para erradicar la amenaza de la esclavitud; antepusieron su poder personal al de la ley, lo típico del totalitarismo.

La pregunta esencial que formula O’Donell tras la historia de los malparados terroristas nazis es sencilla, pero de difícil respuesta: ¿hay que ceder frente al diablo (el terrorismo global) renunciando por seguridad al cumplimiento de nuestras leyes fundamentales aun cuando la nación esté en guerra? Aduce que, de hacerlo así, no aumenta nuestra seguridad sino todo lo contrario; la fe en los valores democráticos exige la defensa a ultranza de las libertades civiles: “Aunque sea al mismo Satanás, debemos concederle las ventajas que le otorga la ley”; pues, si las omitimos con el argumento de que así se lo pondremos más difícil y nos defenderemos mejor de sus acometidas, “estamos creando nuestra propia trampa”. Guantánamo y sus prisioneros anaranjados, la descerebrada soldado England infligiendo torturas en Irak socavan en el resto del mundo la credibilidad en el imperio de la ley que tanto Estados Unidos como Europa siempre deberían exportar y defender contra la arbitrariedad de los bárbaros que pugnan por destruirlo.

Rojo, el hombre

rojo
VICENTE ROJO. RETRATO DE UN GENERAL REPUBLICANO
José Andrés Rojo
Tusquets. Madrid, 2006
464 páginas. 22 euros

Una actitud de lealtad llevó a un oficial católico como Vicente Rojo a permanecer fiel a la República tras la insurrección militar de 1936. Nombrado jefe del Estado Mayor Central del Ejército republicano durante la guerra, este general se convirtió en el principal rival de Franco hasta el final del conflicto, como relata esta biografía escrita por uno de sus nietos. El general Vicente Rojo, segundo por la derecha, e Indalecio Prieto, primero por la izquierda, durante la batalla de Teruel. (ARCHIVO FAMILIAR VICENTE ROJO) En febrero de 1938, cuando la ofensiva franquista sobre Teruel puso a la República al borde de la derrota, el doctor Negrín, jefe del Gobierno republicano, remitió una carta privada a su abatido jefe del Estado Mayor Central, general Vicente Rojo Lluch: “No vislumbro ningún valor que pueda aproximarse a usted por su pericia profesional, serenidad, clara visión -exenta de optimismos fáciles y de pesimismos más fáciles aún-”. El testimonio, que no fue elúnico tributo de admiración cosechado por el general, se recoge en la densa semblanza escrita por uno de sus nietos, el periodista José Andrés Rojo, que ha recibido por su obra el XVIII Premio Comillas de Biografía en el año 2005. Es un galardón merecido porque el retrato cumple con creces las exigencias historiográficas de exhaustiva apoyatura documental, distancia crítica en la interpretación y carencia de encono partidista en la exposición. Y cumplir esas exigencias no era tarea fácil. Primero, porque abordar la vida de Rojo significa tratar del antagonista principal del general Francisco Franco en el campo de batalla durante la Guerra Civil, con todas las implicaciones inherentes a ese duelo. Y, segundo, porque la documentación disponible es ingente: desde las numerosas obras publicadas por Rojo hasta la oceánica literatura secundaria sobre el conflicto pasando por el crucial archivo particular del general, depositado en el Archivo Histórico Nacional. Decía José Ortega y Gasset que una biografía debe atender a tres dimensiones de una vida: vocación, circunstancia y azar. Es una gran virtud de esta obra haber conseguido un retrato del general Rojo que articula con acierto la atención a los azares que afectaron tanto a su vocación permanente, la de ser un buen militar, como a sus circunstancias históricas, desde la orfandad inicial al drama de la contienda bélica, la amargura del exilio y el dolor del retorno a la patria como vencido. Porque Rojo, nacido en el pequeño pueblo valenciano de Fuente La Higuera en 1894, dos años después que Franco, fue ante todo un militar. No sólo por ser hijo huérfano de militar, sino porque, fallecida su madre cuando contaba trece años, su vida transcurrió en un internado para huérfanos de la Infantería y, posteriormente, en la Academia de Infantería de Toledo. De allí salió en 1914 como número 2 de una promoción de 390 alumnos, para prestar servicio durante casi cinco años en la guerra colonial en Marruecos, donde encontraría al gran amor de su vida, su esposa, una ferviente católica, hija y hermana de militares africanistas. Como la aventura colonial no colmaba las inquietudes de un oficial serio, católico y estudioso, Rojo optó por seguir la “vía del conocimiento” y en 1922 se convirtió en profesor de la Academia de Infantería. Allí permanecería diez años, hasta su traslado a Madrid, durante la República, para cursar estudios de Estado Mayor. En 1936, ya comandante, fue destinado al Estado Mayor Central. El azar y la circunstancia se combinaron en julio de 1936 para dar un vuelco total a la vida del joven militar y de su extensa familia. Iniciada la insurrección militar contra el Gobierno republicano, Rojo permaneció en su puesto sin asomo de duda. Lo hizo por respeto al principio de obediencia y disciplina, al margen de simpatías políticas o ideológicas. Esa decisión de un militar católico y demócrata, imitada por algo menos de la cuarta parte de la oficialidad, fue el factor clave que posibilitó el fracaso del golpe en la mitad de España. La resultante guerra civil alinearía a esos militares leales con unas milicias sindicales en una combinación forzada e inestable. Rojo destacaría desde muy pronto en las filas militares republicanas por su lealtad, energía y eficacia. Por eso, en noviembre de 1936, el Gobierno le encomendó una tarea hercúlea: la Jefatura de Estado Mayor que había de defender Madrid del asalto franquista. El inesperado éxito cosechado le catapultó a la Jefatura del Estado Mayor Central en mayo de 1937, tras la formación del Gobierno presidido por Negrín. Y desde ese cargo, Rojo se convirtió en el máximo artífice de la estrategia defensiva practicada por la República durante la contienda. Asumiendo la evidente supe rioridad material del enemigo y las dificultades de aprovisionamiento propio, Rojo trató de conjurar la inminencia de la derrota mediante una serie de inesperadas ofensivas de distracción en frentes secundarios (Brunete, Belchite, Teruel, Ebro), siempre encaminadas a aliviar la continua presión del avance franquista en el frente principal de sus ataques. Su brillantez estratégica acabó tropezando con la cruda realidad de la inferioridad material de sus tropas, del agotamiento moral de la población civil y de la desesperanza causada por la falta de apoyo de las grandes democracias. El colapso militar, en febrero de 1939, convirtió a Rojo en uno más del medio millón de exiliados llegados a Francia desde Cataluña. No terminaría allí su amargo periplo. Tras partir de inmediato a Argentina, el general se trasladó a Bolivia en 1942 para convertirse en profesor de la Escuela de Guerra del Ejército boliviano. Permaneció en Bolivia durante quince años, hasta que la enfermedad, un enfisema pulmonar que afectaba el corazón, y la nostalgia le inclinaron a regresar a España para morir en su patria. Franco aceptó su retorno pero insistió en que penara por sus faltas. Fue sometido a juicio militar en diciembre de 1957 y condenado a “reclusión perpetua” por delito de “auxilio a la rebelión”. Indultada la condena, quedó reducido a la condición de “muerto civil”, vigilado en todos sus actos sociales. Y aunque había vuelto a España para morir, todavía vivió en Madrid hasta el 15 de junio de 1966. Fue enterrado, como buen católico, en el cementerio de San Justo. Unas trescientas personas acudieron a decirle el último adiós bajo un discreto control policial. No en vano, como recuerda su nieto, se estaba enterrando a “un militar leal a la República, católico y demócrata”. Todo un símbolo y un modelo que el franquismo y su Caudillo no podían tolerar ni perdonar. Es posible que no pueda encontrarse mejor tributo que ése para su imponente y conmovedora figura histórica.

El último kawescar

w-libro-kawescarZoológicos humanos
Fotografías de fueguinos y mapuche en el Jardin d’Acclimatation de París, siglo XIX

Christian Báez – Peter Mason

Editorial Pehuén, 2006
108 páginas, 50 fotografías

El libro trata de los avatares del traslado forzado de 11 kawésqar y 14 mapuche a Europa durante la década de 1880, y su exhibición en el Jardín de Aclimatación de París, poniendo en evidencia un comercio intenso entonces y que, con veladas formas, prevalece hasta hoy. El propósito de sus autores, los historiadores Christian Báez, chileno, y Peter Mason, inglés, ha sido exponer y comentar la información disponible sobre estos atropellos, que alcanzaron su mayor intensidad durante el medio siglo que va de las décadas de 1870 a 1930, concentrándose luego en dos casos de indígenas del territorio chileno que sufrieron el desarraigo y el oprobio de su plagio y exhibición, y, algunos de ellos, la muerte. Como se sabe y también se confirma o aprende en este libro, los casos de nativos expatriados por la fuerza o con dudosa anuencia fueron muchos más, pero Báez y Mason profundizan en estos envíos humanos a partir de dos álbumes de fotografías del príncipe Roland-Napoleon Bonaparte, titulados Jardin zoologique d’acclimatation. De représants de peuples des cinq continents, hoy accesibles en la Bibliothèque Nationale Française, en París. En estos verdaderos muestrarios humanos con abundantes fotografías de personas llevadas en gira forzada por Europa, figuran 50 imágenes de los kawésqar y mapuche a partir de las cuales los autores desarrollan su exhaustivo recuento.

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