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La maldita Guerra

La maldita Guerra
Ronald Fraser
Ed. Crítica
Comentario de Miguel Angel Villena/Babelia

La guerra de la Independencia (1808-1814) marca la primera mitad del siglo XIX español. A pesar de ello, es un conflicto poco estudiado y plagado de mitos que no responden a la realidad histórica. Con un empeño por contar la Historia desde abajo, desde el pueblo, Ronald Fraser ha repasado 50.000 documentos durante seis años para escribir La maldita guerra de España.

Escribir la Historia desde abajo, desde los testimonios de aquellos que sufren las guerras y no desde las declaraciones de los que planifican las batallas en un palacio, figura como el objetivo básico del trabajo del historiador Ronald Fraser. Nacido en Hamburgo en 1930 y formado en Inglaterra y en Estados Unidos, Fraser se dio a conocer a los lectores españoles con Recuérdalo tú, recuérdalo a otros, una historia oral de la Guerra Civil. Con el mismo método y la misma intención acaba de publicar La maldita guerra de España (Crítica), subtitulada Historia social de la guerra de la Independencia. Con un aire apacible y profesoral, explicó en la sede de su editorial en Madrid las claves de aquel conflicto.

PREGUNTA. ¿Fue una paradoja que muchos españoles ilustrados apoyaran a Napoleón y la invasión francesa?
RESPUESTA. Sí, es cierto que representó una paradoja. Ahora bien, prevaleció la actitud de la mayoría de la población que tenía un sentido colectivo de ser españoles, basado en la fe católica común y en la Monarquía. Esa mayoría social se indignó por el hecho de que un aliado, como Francia, ocupara militarmente España.
P. ¿La lucha contra los franceses aglutinó a todos los sectores sociales? ¿Fue unánime?
R. La resistencia fue bastante generalizada, aunque cada grupo social tenía intereses distintos. El pueblo llano defendía a su familia, sus tierras comunales, sus aldeas… Entretanto, los ricos luchaban por mantener sus riquezas y sus privilegios y la Iglesia se negaba, en general, a sufragar la lucha con el dinero que tenía. En definitiva, esa unión sagrada contra la invasión francesa es un mito que se alimentó después para crear la idea de una nación española.
P. Aunque existían algunos precedentes de guerrillas, esta forma de combatir alcanzó su mayor expansión con la guerra de la Independencia.
R. Es cierto que no es un invento propiamente español, pero nunca se había utilizado esa táctica en territorios tan amplios y con tantos guerrilleros implicados. El surgimiento de la guerrilla en 1808 responde a la invasión de las tropas napoleónicas, claro está, y también al fracaso del Ejército regular español, que estaba mandado por aristócratas. En algunas regiones, como Galicia y Cataluña, la guerrilla se limita a defender su territorio de la ocupación extranjera. Pero en el resto de España las guerrillas son grupos muy móviles, que se concentran en desgastar al enemigo y en capturar armas y víveres. Las partidas más numerosas, con más de un millar de guerrilleros, se formaron en toda la franja norte de España porque en su mayor parte estos patriotas eran trabajadores agrícolas o labradores, entendido este término como agricultores con dominio útil. Este modo de combatir resultó muy eficaz y permitió una resistencia tenaz. En realidad, la lucha guerrillera y el apoyo de Inglaterra a España hicieron posible derrotar a las tropas francesas.
P. ¿Cómo fueron las relaciones entre el Ejército regular y la guerrilla?
R. Con algunas excepciones, el Ejército se mantuvo fiel a los métodos antiguos y observó a la guerrilla como una intromisión de los civiles en la vida militar. Hay que tener en cuenta que la aparición de la guerrilla significó una ruptura con el Antiguo Régimen absolutista. Es más, todos los gobiernos que se suceden entre 1808 y 1814, las juntas supremas, intentan controlar a las guerrillas y ponerlas bajo el mando del Ejército. La guerrilla contra Napoleón supuso una revolución desde abajo, desde el pueblo, que los gobiernos no estaban dispuestos a tolerar.
P. ¿Cuál era la ideología dominante en la guerrilla?
R. Resulta difícil definir la ideología guerrillera durante los años de guerra, más allá de la voluntad común de expulsar a las tropas napoleónicas. No obstante, durante el trienio liberal, entre 1820 y 1823, el número de guerrilleros que respaldaron a los realistas doblaba a los partidarios de la Constitución de Cádiz. De algún modo, podemos afirmar que la guerrilla fue la cristalización de una lucha popular que deseaba la continuidad de la Monarquía borbónica, pero con reformas.
P. La resistencia estaba tan empeñada en expulsar a los franceses como Napoleón en ganar la guerra a toda costa, una guerra que le perdió, según confesó en su destierro.
R. En los otros países ocupados por Napoleón, salvo revueltas aisladas, las élites y el pueblo llano aceptaron las reformas. Pero Napoleón no tuvo en cuenta la identidad colectiva de los españoles y al emperador le pudo el orgullo de dominar España como si se tratase de un país satélite de Francia. Napoleón se encontró en un callejón sin salida porque si abandonaba España, dejaba el país abierto para los ingleses, sus principales enemigos. Además, cometió errores graves como intentar segregar la España situada al norte del río Ebro y gobernarla desde París, una posibilidad que indignó a los patriotas españoles.
P. ¿Cómo ha recopilado toda la ingente documentación para escribir el libro?
R. He trabajado durante seis años en esta obra y habré repasado unos 50.000 documentos en una labor similar a la de un arqueólogo que va uniendo piezas porque escasean las descripciones generales del pueblo llano en una época donde el 85% de la población era analfabeta. Mis ayudantes y yo hemos investigado en archivos nacionales, regionales y locales tanto en España como en Francia y en el Reino Unido.


El dia de Trafalgar
Juan Albi
Seix Barral, Barcelona 2005

La campaña de Trafalgar
Hugo O´Donell
la esfera de los libros, 2005

Estamos esta semana revisando en la sección de historia de eolapaz, la caida del antiguo régimen, el reinado de Carlos IV y la Guerra de la Independencia, por eso hoy nos fijamos en Trafalgar, la batalla que marco el declive final del papel internacional de España. De todo lo publicado en estos años, dos libros plantean desde perspectivas distintas la hegemonía de los británicos en el mar y el juego de alianzas entre españoles y franceses.

No podemos dar, en este artículo cuenta de todo lo que se ha venido publicando sobre la gran batalla en los últimos meses. Nos vamos por eso a limitar a recomendaros dos libros que nos han parecido una muy buena muestra de la perspectiva con la que los historiadores españoles abordan el tema, en un enfoque que es, por razones muy comprensibles, distinto del que suelen darle los investigadores británicos. Porque para el pueblo español Trafalgar fue, ante todo, una derrota trágica y el definitivo aldabonazo que confirmaba una decadencia arrastrada desde mucho atrás. Con claro instinto, don Benito Pérez Galdós eligió este desastre como el punto de partida de sus Episodios nacionales, no sólo para destacar su aspecto dramático, sino también por la resonancia popular y trascendencia simbólica de aquella terrible jornada.
En fin, los dos estudios cuyo rigor y calidad intelectual nos gustaría resaltar son los libros de Julio Albi y Hugo O’Donnell. Ambos tienen en común el presentar al lector la gran batalla desde una amplia perspectiva histórica, analizando su contexto y explicitando una larga serie de condicionamientos históricos y antecedentes políticos, y viéndola así, en definitiva, como una catástrofe anunciada, trágica, y casi, diríamos, fatal.
Dentro de ese enfoque común los dos libros ofrecen perspectivas distintas, ya que mientras Albi nos presenta Trafalgar como el último acto del “gran juego que Inglaterra y España mantuvieron por el dominio de los mares desde el siglo XVI”, juego que concluyó así en “jaque mate” de los ingleses a los hispanos, el libro de O’Donnell (que lleva el subtítulo de Tres naciones en pugna por el dominio del mar) incluye en su panorama como factor decisivo la alianza política hispano-francesa a lo largo del siglo XVIII con vistas a enmarcar, con notable precisión y exhaustiva documentación, la catastrófica batalla con que concluye “un siglo de antagonismo hispano-británico”.

Tanto uno como otro libro dan una clara descripción de la batalla, en sus diversas fases y encuentros mortíferos, barco contra barco, sin detalles novedosos, pues es dificil encontrarlos en un episodio tantas veces narrado. Reiteran la tremenda audacia táctica de Nelson, la superior pericia y la moral de victoria inglesa frente a la torpeza e ineficacia artillera de la flota aliada, y subrayan de nuevo lo aplastante de la derrota de ésta, con su inútil superioridad numérica. (Diez veces más muertos, diecisiete barcos perdidos frente a ninguno, evidencian lo desequilibrado de aquel combate, pese al derroche de valor de todos los combatientes).
Tanto en uno como en otro texto podemos seguir el desarrollo de la fragorosa batalla; pero lo que ambos libros aportan como más significativo es, a mi entender, su excelente explicación del amplio contexto político y los factores esenciales previos al choque casi fatídico de tan poderosas fuerzas navales.
De un modo más detallado y preciso lo hace el minucioso estudio de O’Donnell, que abarca tanto los puntos clave de la alianza política entre &paña y Francia como las condiciones técnicas del armamento y las naves e incluso el ánimo de los navegantes, aporta citas muy bien elegidas y nos recuerda la psicología y el destino final de los protagonistas del encuentro, desde Nelson a Gravina y Churruca, en un volumen extenso, editado con buenas ilustraciones y muy cui dados índices. .
Con menos detalles técnicos, Julio Albi acierta a reunir con una prosa de terso y vibrante estilo un riguroso análisis histórico y una. notable tensión dramática, en un relato intenso y emotivo. En fin, tanto Albi como O’Donnell son, cada uno en su estilo propio, historiadores de reconocido prestigio, y saben revalidar aquí su buen oficio y su agudeza intelectual.
Ahora, si os quedais con hambre de más, no os olvideis de leer dos novelas deliciosas, las de Corral y Pérez- Reverte, y la traducción del interesante libro de R Comwell, Sharpe en Trafalgar, Edhasa. 2005, con una sanguinolenta y agitada descripción de la batalla, bien recreada sobre los datos históricos.

Fuente Babelia/elpais

El último soldurio

El último soldurio
Javier Lorenzo
Ed. Planeta 2005

Comentario de Jesús Lázaro

“El último Soldurio”, una excelente recreación historica que ya va por su 18 edición, es nuestra apuesta mensual en el mundo de los libros.
“El último soldurio” es una amenena e inteligente novela que se centra en la vida de un guerrero cantabro en el siglo I de nuestra era, muy preocupada por el ambiente y las costumbres de la época.

Te lo recomendamos por un doble motivo. El primero, aunque no el más importante, que se centre en un «paisano», el segundo y de mayor interés, porque el autor se ha preocupado por conocer el ambiente y las costumbres de la época, lo que ayuda al enriquecimiento del lector. Muchas de sus páginas son excelentes, incluso estremecedoras, como la que relata el hábito del canibalismo entre los vascones -y ya sé que canibalismo no es palabra de época, lo que indica la dificultad de no caer en anacronismos. Pero el relato está bien trabado.
Era una tradición en zonas hispanas -en especial balear- que los soldados jurasen fidelidad a un jefe, no a una causa: eran los soldurios. Y así lo hace Corocotta con César. Esa relación, entre fidelidad y ser rehén, le permite viajar con el gran hombre por las Galias, aprender latin, incluso iniciarse en el griego, entonces habitual entre los hombres cultos de Roma. Sus viajes son, como siempre en estas novelas, un espacio lleno de encanto por el contraste en las costumbres de los pueblos, por la forma de guerrear, por el comportamiento de los individuos en situaciones límite. En ellos las relaciones, el amor y el aprendizaje van forjando el carácter y comportamiento de Linto, su nombre de pila antes de recibir el apelativo guerrero de Corocotta. Estas circunstancias externas y las costumbres de los pueblos son las mejor trabadas y las que forman la verdadera malla del relato. Es así agradable que esos periplos abarquen la mayor parte de la novela, y se deje para pocas páginas finales el enfrentamiento de los cántabros eón Roma, que no puede dar en buena lógica, mucho de sí. Sin embargo, no puede decirse lo mismo de lo que es más dificil y esencial en la novela, las relaciones personales y el desarrollo interno de los personajes. En este campo no siempre hay una correcta motivación, incluso ciertos choques personales, como los de Linto con su hermano, quedan desvaídos. Los personajes están bien como lo que son, acción pura, y los aspectos de honor, amor y vivencias les vie nen algo grandes y traídos por los pelos. Pero como no se busca ese campo, para el cual hay otras novelas, sino una novela de romanos y cántabros, el texto cumple a la perfección su propósito de deleitar y enseñar.

La hija del desierto

La Hija del desierto, la vida de Gertrude Bell
Georgina Howell
Ed. Lumen

“Arqueóloga, espía, lingüista, poeta, fotógrafa, montañista y activista política, Gertrude Bell tuvo una vida fascinante. Hija de un acaudalado industrial, Bell rechazó la vida de lujo, fiestas y baile que le esperaba y se enfrentó a las convenciones de su sociedad. Conquistó el pico más difícil de los Alpes, viajó sola por el desierto como arqueóloga y trabajó para los servicios secretos de los ingleses en El Cairo. Amiga y compañera de T.E. Lawrence durante la I Guerra Mundial, fue asesora del virrey de la India y viajó de Delhi a Mesopotamia para ayudar a crear una nación árabe en Irak. Este es el retrao poliédrico e inspirador de una mujer que rompió moldes”.

“Gertrude Bell tuvo una vida fascinante. Hija de un acaudalado industrial, Bell rechazó la vida de lujo, fiestas y baile que le esperaba y se enfrentó a las convenciones de su sociedad. Conquistó el pico más difícil de los Alpes, viajó sola por el desierto como arqueóloga y trabajó para los servicios secretos de los ingleses en El Cairo. Amiga y compañera de T.E. Lawrence durante la I Guerra Mundial, fue asesora del virrey de la India y viajó de Delhi a Mesopotamia para ayudar a crear una nación árabe en Irak. Este es el retrato poliédrico e inspirador de una mujer que rompió moldes.”

“La llamaban Jatún (“sultana” en árabe) por sus maneras burguesas y una fuerza capaz de hacer temblar a los jeques, aunque para muchos iraquíes siempre será miss Bell. Arqueóloga, escritora, lingüista, fotógrafa y espía, Gertrude Bell fue una de las grandes aventureras de principios del siglo XX, quien, junto al más conocido Lawrence de Arabia, luchó por la independencia de los países árabes frente a la potencia del Imperio de Su Majestad.
Gertrude Margaret Lowthian Bell era una mujer fuera de lo común para su época. La periodista británica Georgina Howell la describe en La hija del desierto. La vida íntima de Gertrude Bell (Lumen) como una mujer rebelde, aunque prepotente, una mujer que consiguió lo que quería, aunque nunca tuvo familia.
Bell, hija de un rico industrial, nació el 14 de julio de 1868 en Washington, en el condado inglés de Durham. Rechazó la comodidad que la vida le ofrecía para matricularse en Historia en Oxford, donde se licenció con matrícula de honor en dos años. Era la primera mujer que lo conseguía. Mientras sus compañeros buscaban marido y esposa entre las grandes familias de la época, a la joven Bell le fascinaba la poesía persa.
Gertrude tenía 23 años y las normas de la sociedad victoriana no le impidieron irse a Teherán, donde su tío era embajador de Reino Unido. Gozaba de su estatus para viajar lo más posible por el país, montar a caballo, aprender persa y enamorarse. Tras el rechazo por su padre de uno de sus pocos novios conocidos, Gertrude lo tuvo claro: dedicaría su tiempo -gracias a la fortuna de su familia- a viajar por el mundo y a escribir sus experiencias.
Cuando regresó a Londres, tenía 33 años, nunca trabajó y todos la consideraban una solterona excéntrica. Publicó Persian Pictures, tradujo al poeta persa del siglo XIV Hafez y aprendió árabe.
Persia fue el principio de una vida dedicada a Oriente. Gertrude emprendió un primer gran viaje por Palestina y Siria en 1899 antes de instalarse en Jerusalén un año más tarde y viajar por todo Oriente Medio, hasta Hail, pueblo del norte de Arabia, donde conoció, en 1913, a Abdelaziz ibn Saud, quien pronto se apoderaría de la península árabiga y fundaría el reino de Arabia Saudí.
Su conocimiento de la zona y su relación con jeques árabes hicieron que la ficharan los servicios secretos británicos en el Arab Bureau de El Cairo. El Imperio Otomano apoyaba a Alemania en la Primera Guerra Mundial y el Hombre enfermo de Europa estaba a punto de desaparecer. Bell dibujó los mapas de Mesopotamia para permitir a los británicos apoderarse de la zona. Acompañó en 1921, junto a Lawrence de Arabia, a Winston Churchill a la conferencia de El Cairo para dibujar las nuevas fronteras de Oriente Medio. Irak era una monarquía independiente bajo control británico.
Bell reclamó, sin embargo, un liderazgo árabe; Londres la criticó y ella decidió dedicarse a la arqueología. El 12 de julio de 1926, Gertrude Bell se quitó la vida con una sobredosis de somníferos. Fue enterrada aquella misma tarde en el cementerio británico de Bagdad. El ataúd iba envuelto con la Unión Jack y la bandera iraquí. El Irak de Bell desapareció con la proclamación de la República en 1958, la dictadura de Sadam Husein en 1979 y la invasión de Estados Unidos en 2003. Bell escribía en 1919: “No dudo de que los suníes, a pesar de que sean minoritarios, deban ejercer el poder. Sino tendremos un Estado teocrático, lo que es peligroso”.

La última legión

En el año 2001, se asomó a los estantes de nuestras librerías un desconocido Valerio Manfredi, que asombro a los lectores españoles con Alessandros, un libro quizá excesivo en su dimensión, pero que barraba de forma apasionante la vida de Alejandro Magno). Muy poco después, nos volvía a asombrar con “El Imperio de los Dragones” (comentada en eolapaz.com), donde aborda la verdadera historia de una legión romana, destinada en la lejana Partia, perdida y aventurada en la milenaria China.
Desde entonces, ya no sorprende la hábilmente hilada y sólida literatura de este profesor de arqueología clásica en la Universidad Luigi Bocconi de Milán. Manfredi divide su tiempo entre la educación, las expediciones y excavaciones, y la publicación de numerosos artículos y ensayos académicos, principalmente sobre rutas militares y comerciales e investigaciones sobre el mundo antiguo.
Es colaborador habitual de importantes universidades internacionales y destacadas cadenas de televisión, colaborando en la producción de obras de ficción para el cine y la televisión.
Aqui, tras las aventuras chinas de Roma, y la trilogía de Alessandros, Manfredi nos propone una aventura épica sobre el final del imperio romano en occidente, que ha vuelto a saltar a las librerías tras el estreno televisivo de su versión cinematográfica.

La acción comienza cuando el dirigente romano Orestes es asesinado junto a su mujer. Su único hijo, el futuro emperador Rómulo, es secuestrado por orden del bárbaro Odoacro, bárbaro mercenario romano, el cual se ha hecho dueño y señor del imperio romano en occidente, su lugarteniente Wulfila es el encargado de tal tarea. Ante ello, Aurelio, jefe de la última legión tradicional romana y sus compañeros, Batiato, un gigante etiope, Livia (del mismo nombre que la madre del emperador Tiberio, la antigua regidora real del Imperio), el preceptor de Rómulo (Meridio Ambrosino), y tres soldados de la destruida legión Nova Invicta: Aureliano Ambrosio, Rufio Vatreno y Cornelio Batiato; junto con Demetrio y Orosio realizaran un peligroso recorrido por una Europa ensangrentada y en el caos, intentando rescatar al joven emperador de su destino , poniéndole a salvo en las lejanas y peligrosas tierras de Britania, mientras son perseguidos con saña por las tropas de Wulfila.
El desenlace es quizá extraño. Esta basado en una amplia y coherentemente interpretada documentación, pero queda forzado por la intención del autor de enlazar el final del imperio romano con la leyenda del Rey Arturo o más bien con Pendragon .
El nudo argumental de la obra recae en un hecho real. Cuando Roma fue consciente de su incapacidad, ya desde los tiempos de Adriano, para hacer frente a las amenazas exteriores, señalando el final de su civilización, un puñado de creyentes en los valores de Roma, hicieron crecer la esperanza en resistir el embate de los tiempos. En un último esfuerzo por mantener el orgullo y la dignidad, el emperador decide entrenar en secreto una legión al estilo de aquellas que habían permitido a César y a Mario conquistar el mundo.
Formada casi enteramente por romanos, se entrenan duramente por un sueño en un tiempo en el que las formaciones cerradas de infantería habían sido desechadas. Una vez más el águila romana se levanta lista para defender su gloria pasada, para demostrar al mundo que en Roma todavía queda algo de la antigua fuerza.
La historia se desarrolla en el final del siglo V, en un mundo oscuro y descivilizado, poblado de héroes, compañerismo, venganza, ambiciones y amor, contados de manera correcta y atrayente por el autor
La acción es continua y no para desde el principio al fin. Se podría definir como un libro adictivo, en el que desde que comienzas a leerlo no puedes parar.

Junto a la ambientación, lo mejor de la obra puede ser el desenlace artúrico, aunque no aclara satisfactoriamente de dónde provenían Pendragón o el famoso mago Merlín; y menos aún la procedencia de Excalibur. La explicación del nombre de esta espada maravillosa es, según Manfredi, una inscripción latina en la hoja que decía: “la espada calíbica de Julio César”, y de la cual sólo son legibles las nueve letras que componen el nombre del arma.

Andrea Martinez León, Babelia/ElPais

La conquista del Polo Norte

La conquista del Polo Norte
Flemings y Ferguson
Tusquets Editores
Barcelona 2007

Una de las aventuras más dramáticas de la humanidad ha sido quiza la conquista del helado territorio Ártico, al menos hasta la inconsciencia del hombre acabe con el blanco manto de lo que queda de Polo. Ese sabor amargo es el que esta presente en cada página del libro de Fergus Fleming “La conquista del Polo Norte, expedición a expedición”, un recorrido por las expediciones empeñadas en alcanzar la helada y misteriosa meta del norte geográfico. El libro es un relato detallado de expediciones terribles y enloquecidas por alcanzar el polo contadas con toda su épica y drama, y con toques de humor y un desarrollo entretenido y apasionado. Descubrir el Polo Norte, el amargo, inútil y gélido Grial ártico, al que la imaginación dotó de las más extrañas propiedades y configuraciones (recordemos el volcán del julesverniano capitán Hatteras o el abismal agujero de Symmes), fue durante siglos un empeño que parecía estar más allá de las capacidades humanas y a él se consagró en cuerpo y alma una variopinta legión de exploradores nutrida de valientes, locos, visionarios, ambiciosos y falsarios, un abigarrado conjunto como nunca se ha visto en la historia de la exploración y cuyo único común denominador es que todos lo pasaron francamente mal. Fergus Fleming -del que anteriormente ya pudimos leer la estupenda Barrow y sus hombres (RBA) sobre las exploraciones lanzadas por el secretario del almirantazgo británico John Barrow- brinda en La conquista del Polo Norte el relato definitivo sobre esa empresa trufada de heladas ordalías, de heroísmo y cobardía, de belleza y desesperación. Un libro entretenidísimo y apasionante en el que se documentan de manera inolvidable las expediciones a las sobrecogedoras regiones donde el hielo lucha con el hielo, hasta los esquimales lloran de miedo y hay que cortar la mantequilla con hacha. Un libro que sin dejar de comunicar toda la épica, el espanto y la sordidez, que son muchos, del pulso con los hielos hiperbóreos (“el espectro del canibalismo se cernía sobre el témpano”, escribe Fleming al narrar el espeluznante viaje del capitán Tyson) está recorrido por un reconfortante sentido del humor. Así, en sus páginas, pasamos de las recurrentes marchas dantescas hasta a ¡73° bajo cero! sobre la traicionera costra ártica, del horror de la descripción de cómo el italiano Cagni, de la expedición del Stella Polaris del duque de los Abruzos, drena con una lanceta su propio dedo congelado, purulento y gangrenado (y luego se lo corta), o de enterarnos de que los oficiales de Kane mataron a los cachorros de sus perros para hacerse guantes, al entierro “con hondo pesar” de 36 litros de whisky Dewar’s por Jackson en el cabo Flora, el incómodo estreñimiento de Hall (que se calentaba los pies en el seno desnudo de las esquimales) por beber demasiada sangre de foca, o el placer de Johanssen cuando pudo cambiarse de ropa interior por primera vez en cuatro meses. Es un libro, lleno de impagables anécdotas que arranca en la estela de la perdida expedición de sir John Franklin, desaparecida en 1845 y cuya búsqueda fue excusa para que otros exploradores bregaran en el hielo, y concluye con la llegada (la primera indiscutible, recalca Fleming) de Amundsen, Ellsworth y Nobile en el dirigible Norge al Polo en 1926 (el primer hombre que llegaría a pie a ese lugar atroz en que sólo se puede señalar hacia el sur sería el británico Wally Hebert en 1969). Entremedio, decenas de expediciones atrapadas en la banquisa con sus barcos, titánico empujar de trineos, la melancolía austrohúngara de Payer, la arrogancia de Peary, la impostura de Cook, la ocasión en que confundieron a Nansen con una morsa, motines, traiciones y hasta algún asesinato. Tantas muertes y sufrimientos para conquistar los 90° norte, donde no hay nada sino el mismo hielo por el que se habían arrastrado agónicamente los que pretendían llegar.

Jacinto Antón, Babelia

Calor Glaciar

Calor Glaciar

Luis Carlos Campos
ISBN: 84-934420-5-4
Edición: 1ª Septiembre 2005
Ed. Arcopress 

Estos días Copenhague ha sido el escenario en el que se ha manifestado la creciente preocupación mundial por la evolución de nuestro clima. Que el clima terrestre esta cambiando, que vamos a una situación de extremos es evidente, pero la pregunta sigue dividiendo a la comunidad científica internacional. ¿Hacia donde cambia el clima?. Una respuesta la proporciona el autor santanderino Luis Carlos Campos, muy cuestionado por parte del mundo de la ciencia. En este libro, el polémico escritor hace un frío análisis de los fenómenos meteorológicos contemporáneos y rebate sin acaloramiento la tesis dominante sobre el cambio climático, sosteniendo que se dará irremediablemente a la inversa. Las eras glaciares, en la historia millonaria en años del planeta, han tenido como paradójico preludio un periodo efímero de calentamiento y tsunamis y huracanes devastadores como los últimamente vividos.

Este libro te va a dejar helado. Se nos ha convencido que el planeta se calienta y no es así según el autor. Estamos en la antesala de una glaciación. Evidente es que los polos ahora se deshielan, que el mar tiene más grados y que el dios Helio penetra poderoso por la horadada capa de ozono haciendo subir el mercurio de los termómetros en grado preocupante por sus nefastas consecuencias: sequía, desertización… Más esta realidad no hace cierta la teoría fácil que vaticina el calentamiento del planeta, a la que se ha apuntado la meteorología oficial, confundida y de corto alcance.

El autor hace un frío análisis de los fenómenos meteorológicos contemporáneos y rebate sin acaloramiento la tesis dominante sobre el cambio climático, sosteniendo que se dará irremediablemente a la inversa. Las eras glaciales, en la historia millonaria en años del planeta, han tenido como paradójico preludio un periodo efímero de calentamiento y tsunamis y huracanes devastadores como los últimamente vividos. Todo esto que nos hace decir que “el tiempo está loco” ya sucedió antes; la historia se repite, el planeta funciona con la precisión de un reloj y, al igual que tarda 365 días en girar alrededor del sol, ahora le toca enfriarse como, a propósito, mantiene este Copérnico de la meteorología. 

Luis Carlos Campos Nieto, santanderino, es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y Máster en Periodismo por El País/UAM. Ha trabajado como consultor financiero y como reportero en Cambio 16 y El Correo Español y ha colaborado con los principales medios españoles, El País, Interviú, El Siglo, Más Allá etc y organismos científicos independientes como la FAEC. Es experto en cambio climático y fue el primero en publicar reportajes en España sobre la amenaza glacial.

Ha trabajado como consultor financiero, y es autor también de “Era Glacial, el último Apocalipsis”.

 

La isla bajo el mar

La Isla Bajo el mar
Isabel Allende
Plaza y Janes 2009
Crítica de María Jiménez Maza
estudiante de secundaria, Colegio La Paz

El último libro de Isabel Allende nos muestra las atrocidades que se cometieron con los esclavos en la isla de Haití en el siglo XVIII. La novela trata de Zarité, una muchacha mulata vendida como esclava a los nueve años, que trabaja en una plantación de azúcar propiedad del francés Toulouse Valmorain, y que a pesar de ser obligada a vivir en un ambiente mezquino y a acostarse con su amo, nunca se siente sola. Varios personajes ayudaran a Zarité a seguir adelante en su camino para conseguir la libertad. Algunos de estos personajes son Violette, una prostituta, Tante Rose, una curandera y Tante Matilde, la cocinera de la plantación de azúcar. Los esclavos son despreciados por sus amos por lo que estos se revelan, una revuelta provoca un gran fuego en la plantación, esto hace que Valmorain huya con Zarité, Maurice (su hijo), Rosette (la hija de Zarité y Valmorain) y sus dos esposas. En el transcurso de la novela la protagonista obtiene su tan ansiada dignidad gracias a su espíritu rebelde y su lucha por la libertad. Es una mujer fuerte no dejara que nada ni nadie la doblegue. Zarité es realmente una protagonista digna de Isabel Allende. La escritora chilena ha conseguido plasmar en esta obra las bases de su vida, la lucha por la igualdad, la libertad, la familia, el exilio y por supuesto la magia. El libro ha triunfado, quizá sea por su espíritu, por la tragedia que relata, aunque es posible que haya influido el que comenzara a escribirlo el 8 de enero, como marca la tradición propia de la autora, ese ritual seguido desde su primera novela “La Casa de los Espíritus“ y que para mi parecer da muy buenos resultados. Esta mujer nacida en 1942 y que volvió a nacer 50 años más tarde tras la muerte de su hija, Paula, ha conseguido que sus obras hayan sido traducidas a 27 idiomas; merito del que no muchos pueden presumir; además de ser estudiadas en universidades; un objetivo más complicado para una mujer que para un hombre; y consideradas obras de arte de la literatura moderna. Isabel Allende fue exiliada a Caracas con parte de su familia en el año 1975, mas tarde se divorció de su primer marido Migue Frías y cinco años más tarde vivió la pérdida de una hija, pero estas tragedias no han menguado su éxito ni sus ganas de escribir sino que a han hecho fuerte, y luchadora como todas las protagonistas de sus obras. Allende es considerada la novelista iberoamericana más popular, sus novelas han triunfado desde las más reales y propias, como “Paula” o “La casa de los espíritus”, a las más románticas como “Inés del alma mía”, narran historias apasionadas, duras, historias que en mi opinión todo el mundo debería leer. Entre sus novelas destacan La isla bajo el mar , La suma de los días , Inés del alma mía, El Zorro , La ciudad de las bestias , La casa de los espíritus , De amor y de sombra , Eva Luna , El plan infinito , Paula , Afrodita , Hija de la fortuna , Retrato en sepia. Y junto a ellas numerosos cuentos y obras de teatro.

CONSTlTUCIONALlSMO EN LA HISTORIA
Miguel Artola
Ed. Crítica.
Barcelona, 2005
307 páginas

En esta semana marcada por el aniversario de nuestra constitución, os proponemos un libro que nos introduce en la historia de las constituciones, su importancia y su trascendencia histórica en España. Así describe Antonio Elorza la importancia y las virtudes de este libro.

El historiador José María Jover recuerda a Miguel Artola allá por los años sesenta, en una intervención en la Universidad Menéndez Pelayo, exhibiendo un ejemplar de la Constitución de 1812. Después de su trabajo, de tema también heterodoxo para la época sobre los afrancesados, Artola publicó en 1959 su monumental estudio Los orígenes de la España contemporánea, sobre la génesis ideológica e institucional del constitucionalismo de Cádiz. Muchos jóvenes universitarios de la época pudimos descubrir a través de sus páginas el vigor de la revolución liberal en nuestro país. Ahora, muchos años después, y una vez reeditados Los orígenes…, vuelve con ánimo juvenil sobre el tema desde una perspectiva más amplia, abordando en el libro que comentamos la gestación del constitucionalismo contemporáneo y, por así decido, su anatomía. Lo hace con los rasgos que siempre han definido su metodología, intentando responder a una serie de preguntas que él mismo toma como punto de partida para explicar, nunca describir, el tema analizado. No se trata de acumular datos sobre historia constitucional, sino de utilizar una documentación exhaustiva, con el mínimo imprescindible de apoyos externos, con el objeto de engarzar las piezas fundamentales del orden constitucional, una vez definidas a partir de los textos, para a continuación revisar los sistemas políticos resultantes de sus distintas formas de articulación. “El constitucionalismo hace referencia a la totalidad del sistema político”, explica, “que incluye normas y prácticas políticas”.
El estilo de Artola es sistemático y claro. Resulta evidente que no redacta apartado alguno hasta que no tiene perfectamente definidos los que, a su juicio, son elementos de explicación fundamentales. Esta característica refuerza el interés de la obra en unos momentos en que el debate político maneja los conceptos y las propuestas en torno a la Constitución con un grado casi insoportable de trivialización. De ahí la importancia de los capítulos sobre el poder constituyente, la legitimidad y los poderes legislativo y ejecutivo, centrándose especialmente en los principales modelos y experiencias constitucionales (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, incluso España). Destacaríamos la significación de sus explicaciones sobre la monarquía constitucional, fórmula política del liberalismo decimonónico en Europa, y sobre el federalismo, tema bien actual, del que subraya la ausencia de una base doctrinal común y la consiguiente diferencia entre los sistemas que adoptan esa denominación. El Estado federal, advierte Artola, “es obra de una Asamblea constituyente, que reduce la soberanía nacional a la independencia del Estado y no reconoce a los estados federados capacidad para cambiar la forma de gobierno o para abandonar el Estado en el que se han integrado”. La distribución de competencias no equivale a una pirámide de soberanías y la Confederación ha sido una fórmula históricamente inviable. En definitiva, lo que define a un sistema es la designación del sujeto en quien reside la capacidad para adoptar las decisiones en último término. Tanto la pluralidad de sujetos en el vértice como la voluntad de secesión llevan a un conflicto irresoluble.
Lógicamente, la metodología adoptada genera también sus zonas de sombra. En ocasiones, se trata de los antecedentes, como sucede con el concepto de “ciudadanía”, donde las experiencias republicanas de la Baja Edad Media y del Antiguo Régimen son pasadas por alto. O con el constitucionalismo de tipo soviético, objeto de un tratamiento sumario. Es el precio a pagar por el intento de elaborar una construcción que fuera al mismo tiempo omnicomprensiva y diáfana.

La leyenda negra española

La leyenda negra de la España del XVI
Joseph Pérez
Ed. Gadir

“España en aquel tiempo no existía en verdad como tal”, dice Joseph Pérez cuando se refiere a aquellos remotos años en que reinaban Carlos V y Felipe II. “Lo que existe es una monarquía católica, no forzosamente española, que gobierna lo mismo en Flandes que en el Milanesado, en Nápoles como en vastas zonas de Alemania, en las Indias y, claro, en Castilla y Aragón. Son los jefes de la Casa de Austria, y ocupan un lugar preeminente en la Europa de su época: mandan en cuestiones diplomáticas, militares, económicas”. “Todo empieza cuando Guillermo de Orange se enfrenta a Felipe II” El hispanista Joseph Pérez acaba de publicar La leyenda negra (Gadir), un ensayo que reconstruye cómo y cuándo, siguiendo qué estrategias, con qué fin y sirviéndose de qué modos se fue construyendo un discurso que convirtió a los españoles en paradigma del fanatismo y la crueldad, de la cerrazón dogmática alrededor de la bandera del catolicismo y del puro afán de dominio utilizando los resortes de un Estado poderoso. “La idea del libro surgió en la Francia de hoy, donde observaba cómo existe una rendición incondicional a la cultura que viene de Estados Unidos, sus películas y sus autores y todo lo demás, y un feroz rechazo a su política imperial”, contaba ayer el historiador en una entrevista en Madrid, poco antes de presentar su ensayo. “Todo eso le pasó a España hace unos cuantos siglos. Los franceses se volvían locos por aprender su lengua, copiaban sus guantes y sus trajes de cuero, el propio Luis XIV adaptó la etiqueta de las cortes de los Austria e, incluso, Pascal se rendía ante santa Teresa y san Juan de la Cruz”. Pero no toleraban que aquellos poderosos monarcas impusieran su política, y sus intereses, a toda Europa. Una política y unos intereses que eran, en realidad, los de los Habsburgo, “aunque, claro, gobernaban desde Castilla y, sobre todo, contaban con el oro que venía del Nuevo Mundo”, observa Joseph Pérez. “Para hacerse una idea del poder que llegó a tener la monarquía de los Austria hace falta decir que su moneda -los reales de a ocho, las pias-tras- fue la moneda de circulación del mundo entero hasta bien entrado el siglo XIX. Sin una base económica tan fuerte sería inexplicable su inmenso poderío diplomático, militar, político. Se dice que fueron españoles los responsables de aquel imperio y, sin embargo, el personaje más relevante en política exterior fue un francés, Granvelle, y entre sus héroes militares están el conde de Egmont (flamenco), Alejandro Farnesio (genovés) o Spinola, duque de Parma. Hijo de emigrantes valencianos, Joseph Pérez nació en 1931 en Laroque d’Olmes y es uno de los hispanistas que mejor conoce la España de los siglos XVI y XVII. Fue director de la Casa de Velázquez entre 1989 y 1996 y rector de la Universidad de Burdeos. Empezó con un trabajo sobre los comuneros y escribió después sobre la España de Felipe II, sobre Carlos V, la Inquisición y los judíos. Las 200 páginas en las que sintetiza lo que ha sido la leyenda negra son una lección de claridad y sabiduría. “Todo empieza cuando Felipe II pone un precio a la cabeza de Guillermo de Orange, el príncipe protestante de Flandes, que reacciona recusando su legitimidad y enfrentándose a su poder. No era habitual en aquellos tiempos cuestionar la autoridad real, así que para armarse de argumentos el flamenco desarrolla una apabullante propaganda que subraya (y exagera) lo peor de su gran enemigo: un hombre capaz de asesinar al príncipe don Carlos, su hijo (lo que se reveló falso), que se sirvió de la Inquisición para acabar con sus enemigos y que permitió las mayores crueldades durante la conquista de América”. La brutalidad de las guerras de religión que dividieron la Europa de aquellos años, los intereses particulares de cada región enfrentados a la política imperial, el discurso religioso que alimentó los peores fanatismos, el culto a la razón de Estado para proteger los intereses de la Casa de Austria: Joseph Pérez empieza con la expansión de la corona de Aragón por el Mediterráneo y termina con el dilema de las dos Españas que puso en circulación Larra en el siglo XIX. “La leyenda negra se construye para debilitar el poder de la Casa de Austria, pero cuando viene su declive, a partir de la paz de Westfalia en 1648, el argumento es el de una España rendida al oscurantismo del papado frente al progreso de las Luces. A finales del XIX, las naciones anglosajonas miran con desprecio a las latinas. La leyenda negra seguía presente”. Ahora ya no, y el libro de Joseph Pérez está ahí para entender su génesis y su influencia. José Andrés Rojo Babelia / ElPais

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