
El valor de la disidencia
La vida de Dionisio Ridruejo
Jordi Gracia
Ed. Planeta
Dionisio Ridruejo (El Burgo de Osma, Soria, 1912-Madrid, 1975), es el objeto de estudio, a través de su correspondencia, del investigador Jordi Gracia, que ha dado paso a un interesante libro de base histórica, que estos días edita Planeta, y que revela la intensa y apasionada historia del escritor Dionisio Ridruejo, ejemplo para los falangistas de entreguerras, disidente repudiado por el franquismo y figura mítica para muchos intelectuales del XXI.
Para realizar este trabajo el profesor de literatura española de la Universitat de Barcelona Jordi Gracia ha estudiado más de quinientas cartas, la mayoría inéditas, fruto de la correspondencia archivada por el autor, con figuras del calibre de Gómez de la Serna, Serrano Súñer, Camilo José Cela, Carles Riba, Enrique Múgica, o Tierno Galván. En ellas se perfila un marco cultural e histórico poco conocido que sirve para explicar la personalidad compleja y atrayente de Ridruejo.
Según Gracia, Ridruejo era un seductor, un hombre atractivo en lo físico, educado y gran orador. Todo eso y su formación en una buena familia conservadora le abrió las puertas de la historia. Según Gracia, el escritor era profundamente español y católico, pero buscaba una fórmula más moderna que la derecha tradicional de la CEDA, eso le llevo a apuntarse con 21 años al falangismo, un movimiento más revolucionario. Conectó pronto con José Antonio Primo de Rivera, a quien en 1933 le regala su libro de poemas Plural; y también con la hermana de éste, Pilar, que parece sentía algo más que admiración por el camarada. Sin embargo, Ridruejo sólo demostró lealtad personal y le dedicó su combativo Poesía en armas (1940). Pero el autor de dos de los versos del Cara al sol, el hombre capaz de definir el conflicto civil como “un suceso de sangre y hermosura” también intercedió, sin éxito, para salvar del fusilamiento al poeta Miguel Hernández y fue el primero en reivindicar al rojo Antonio Machado desde la falangista revista Escorial que fundó en 1940.
En 1939, Ridruejo ya era Jefe Nacional de Propaganda y miembro de la junta política de Falange. Tocaba poder, se juntaba con lo mas granado del régimen y recibía presiones fruto de su influencia. Fruto de ello intercedió siempre, y de corazón por multitud de intelectuales y políticos, incluso cuando su estrella decayó. Un ejemplo es su prólogo, escrito a petición del propio Juan Marsé, de la novela de este “Si te dicen que caí”, para lograr que no tuviera problemas para publicarse en la España de 1974.
En mayo de 1940, algunos enemigos políticos de Ridruejo hicieron notar su ausencia de las trincheras durante la guerra civil. Esa situación y sus primeros forcejeos fallidos para imponer la revolución nacional-sindicalista le predispusieron para ir voluntario con la División Azul en 1941. Pero la razón última tenía nombre de mujer: su amor por la aristócrata Marichu de la Mora, mujer casada. “Esa razón y lo político le convierten en un caballero andante del falangismo y su revolución; para conquistar a esa mujer se ha de poner a la altura de José Antonio”, lanza Gracia.
Aura, como la llama, será una de las grandes receptoras de su correspondencia desde el frío frente oriental. “Caen muchos pero se va afianzando nuestra inimitable calidad de soldados”. Ante ella no hay secretos: él toca poco frente, pero es obvio que los españoles están “mal armados” y son “a razón de uno contra veinte”. El Ridruejo que volverá será otro, en lo físico -enfermo- y en lo político.
El franquismo, de fascismo tenía poco, y así se lo soltó Ridruejo en una carta a Franco, donde además renunciaba a todos sus cargos. El resultado fue el confinamiento y el inicio del lento desengaño con el régimen. Él será la gran esperanza de un falangismo que ya empieza a sentirse excluido del régimen. Incluso se alegra de la caída de Mussolini por lo que puede representar. En 1948, apremiado por lo económico, acepta ir de corresponsal de la agencia Pyresa en Roma. De allí volverá igual de pobre dos años después y aún no demócrata, pero si convencido de que había que reformar el régimen, aún desde dentro, y encararlo hacia Europa.
En ese camino, José María Valverde y Carles Riba son los escritores que más influirán, según Gracia, en el cambio político de Ridruejo entre 1951 y 1956. El primero porque “es el que le hace ver de forma definitiva que ha de dejar ya el falangismo”, dice el compilador. “Que tú te resolvieses a ser un nuevo José Antonio, eso ya estaría mejor; pero la primera condición sería no citarle más”, le escribe en 1954 Valverde. El segundo “le ratifica la concepción real de lo que es España”. Lo catalán es la punta de lanza para reorientar el país. Las cartas críticas contra diversos ministros y la censura que empieza a cebarse en él desembocan en la ruptura.
Su marcha en junio de 1962 al después llamado Contubernio de Múnich (al que se desplazó viajando desde el interior del maletero del coche del joven opositor monárquico Antonio de Senillosa), lo aprovechará el régimen para no dejarle volver. Entradas clandestinas y detenciones aparte, sigue trabajando en “una fuerza intermedia entre la Democracia Cristiana y el Socialismo”, escribe. “Trabaja al máximo para crear una oposición democrática al franquismo. ¿El secreto de esta energía? En la culpa cristiana: se sabe responsable de la guerra civil y tiene que hacer algo para repararlo”, apunta Gracia. Pero sus intentos -Partido Social de Acción Democrática, después la Unión Social-Demócrata Española- no cuajan. “En esos años o se era socialista o comunista. No había más. A Adolfo Suárez sí le hubiera gustado: habría acabado dirigiendo el sector izquierdista de UCD”, clasifica Gracia.
El Ridruejo activista político se comió al escritor. Y si en el verso su ausencia es más perdonable, en la prosa es una injusticia.
Como resumen de su vida, el poderoso político pidió por adelantado 200.000 pesetas al editor Rafael Borrás en abril de 1975. “Te hago gracia de las complejas circunstancias que me tienen en apuro. Conociendo mi biografía puedes imaginártelas fácilmente”.