La Cuestión religiosa en la Segunda República española. Iglesia y carlismo
Antonio Manuel Moral Roncal
Biblioteca Nueva, Madrid 2009
263 páginas
Comentario de Ricardo Martín de la Guardia – CDL
A partir de 1931, la victoriosa conjunción republicano – socialista desarrolló una política religiosa en España marcadamente anticlerical y, según los partidos de derechas, antirreligiosa, consecuente con su propia cultura heredada del conflictivo siglo XIX. Acabar con la Iglesia católica, o mermarla al máximo, era la garantía definitiva del progreso, pues la institución y su control de la enseñanza no resultaban ser temas relacionados con el ejercicio de la libertad sino con la salud pública para los vencedores del 14 de abril. Ellos consideraron necesario limpiar el presente de los lastres atávicos que representaba, intentando excluir de la vida pública a los herederos de ayer, pero no midieron bien las consecuencias de esa política secularizadora, pues suponiendo que estaban borrando el pasado lo volvieron a unificar; pensando que el movimiento católico había muerto, ayudaron a resucitarlo y con una solidez que no había tenido en las décadas anteriores. Como se advierte en este libro, si bien las posiciones ideológicas del cosmos conservador antirrepublicano difícilmente admitían modificaciones sustanciales, no es menos cierto que la Santa Sede -apoyada en la existencia de los partidos de derechas posibilistas como Acción Popular o Derecha Regional Valenciana- no se opuso nunca a una posible aceptación y convivencia con la República, con tal de salvar algunos derechos de la Iglesia. Sin embargo, tanto los extremismos políticos como los aliados del 14 de abril hicieron todo lo posible para dinamitar ese acercamiento.
El error de los republicanos y socialistas fue no comprender que si bien los católicos no habían desaparecido se encontraban políticamente desarmados: resultaba, pues, posible llegar a un acuerdo de convivencia que el propio sentido de Estado imponía a todo gobernante y más si presumía de ser democrático. Sin embargo, socialistas y azañistas se empantanaron en los Iodos de una política excluyente y maximalista, que provocaron una honda desilusión en Roma. En esos años, la defensa de unos principios irrenunciables no impidió a la jerarquía española rebajar el catastrofismo de amplios sectores católicos, a los cuales conminó a actuar dentro de la legalidad. No obstante, la complejidad de la Iglesia hispana, las dudas de Roma a partir de la sangrienta Revolución de Asturias en 1934, la aparición de un fuerte movimiento de laicado fueron acompañados de una división o incertidumbre entre las masas católicas. Pero si el destino de la Segunda República se decidió en terrenos alejados del religioso, lo cierto es que en él se originó la movilización del cosmos católico y, paralelamente, una sorprendente emergencia de las derechas españolas en un espacio de tiempo muy corto. Precisamente, el movimiento contrarrevolucionario más importante del siglo XIX, el carlismo, resucitó de sus cenizas en esta época, demostrando la suficiente habilidad para aumentar su poder e influencia a todos los niveles aprovechando, entre otros factores, la problemática política anticlerical.
Los tradicionalistas pronto advirtieron que la cuestión religiosa era una polémica sumamente útil para la movilización social, por lo que trataron de presentarse como modernos cruzados. Entre 1931 y 1936, los carlistas pusieron en marcha una amplia serie de actuaciones y respuestas políticas, sociales y culturales -analizadas en este interesante libro-, enfrentándose no sólo a los vencedores del 14 de abril sino también a los posibilistas católicos, combatiendo y debilitando su proyecto accidentalista, el cual no encontró tampoco el debido apoyo entre las izquierdas moderadas. La secularización republicana aumentó su carácter conflictivo, en un momento político en que resultaba necesario -para evitar el aumento de los extremismos- un encuentro entre católicos y laicos.