Claudia Tánago. Estudiante de bachillerato. Santander
La poesía no es uno de los géneros preferidos de los adolescentes, pero en esta ocasión vamos a hacer una excepción con un libro que me ha llegado muy adentro, y eso que no es nuevo.
“El iris salvaje” es una de las obras más importantes de la poetisa norteamericana Louise Glücke, una neoyorkina nacida en 1943, y que con esta obra, precisamente, alcanzó el pulitzer en 1993. Glück forma parte de una generación de poetas para no perder, formada por genios como Sharon Olds, Jane Kenyon o Jorie Graham. Autores capaces de hablar de su vida en una confesión continua que, casi siempre es la nuestra. ¿Visteis aquella genial película de Nick Nolte y Barbara Straisand llamada “El Principe de las mareas”?. Así, con esa capacidad de sumergirse en el centro mismo del alma, es Louise. Eso me ha llamado la atención de su obra. Eso y ser mujer, y ejercer de ello, de madre y de mujer, con un lenguaje perfecto, exacto, capaz de describir hasta el más recóndito sentimiento.
Dicen los críticos que Gück sigue la tradición de grandes como Emily Dickinson hasta Elizabeth Bishop o Hilda Doolitle, pero con una forma nueva de plantear la poesía, más moderna, más actual, pero emocional, llena de fe, que nos transmite su forma de amar la vida y las grandes ilusiones de los seres humanos a través de las pequeñas cosas cotidianas.
En “El iris salvaje” Glück nos adentra en los ciclos de la vida, en los ritmos, las esperas, los cantos, en los procesos, en que nada se consigue ya sino que todo es proyecto, también el poema. En este libro parece cumplirse a la perfección la norma de Mallarmé porque estos poemas parecen abandonados, no acabados.
Como dice Pablo Fidalgo “Glück revisa cuáles son las cosas que importan y sabe qué es lo que le importa a ella. Gluck nos enseña a recoger el fulgor contenido, una luz que poder hacer nuestra, con la que poder vivir, ser capaces de hacer durar las cosas hasta transformarlas en otras sin destruir nada. Y explica hasta el límite lo inexplicable. Encuentra palabras para hablar de lo inexplicable, para rodearlo. Nos enseña a atender a las señales y no darles un solo sentido. Sus palabras multiplican el mundo, permitiéndonos verlo desde todos los sitios. La poeta se mantiene siempre atenta, porque sabe que todo lo que existe está dispuesto a cambiar nuestra vida.
La poesía de Glück es construcción, luz sostenida o contenida. Construye su lenguaje al mismo tiempo que construye un lugar en el mundo. En El iris salvaje no hay apenas referencias al nuevo mundo. Los poemas hablan de la naturaleza y en ellos el lector se encuentra un diálogo incesante: el poema/poeta siempre se dirige a alguien, siempre busca respuesta inmediata y sufre si la respuesta no llega. Louise Glück habla de su vida, propone su vida, nos deja juzgar su vida, su contradicción, se expone completamente a esa naturaleza que tanto ama. Deja que la naturaleza, o el lector, la destruya o le dé vida. Todo desde el lugar donde la autora se coloca, disuelta, confundida entre los dioses a los que invoca, en esa América sin dioses.
Sabe que la poesía sirve para pedir, para gritar. El diálogo siempre se corta, pero nos hace pensar en todas las respuestas. Glück enseña a hablar, a mirar, a escuchar, nos enseña los errores y toda la tristeza que viene con ellos. Se pregunta cuántos errores podemos soportar y nos muestra las consecuencias, pero también que la tristeza se puede convertir, a través del lenguaje, en alegría. De esta forma, el lenguaje se convierte en una celebración cuando nombra a sus hijos o cuando nombra las plantas, cuando pasa de lo más abstracto a lo más concreto y nos hace ver que son lo mismo, que todo fluye en su pensamiento. Cuando nos enseña, como diría Ramos Rosa, la facilidad del aire, la facilidad de estar; cuando nos abre espacios, atraviesa el aire, es rizoma.
La voz de Glück se levanta para volver a lo más puro, a lo más antiguo. Nos hace imaginar a los primeros hombres y les devuelve al paraíso, escribiendo como si no hubiera nada más allá de esos parámetros edénicos. La poeta norteamericana trabaja para hacer la naturaleza y el lenguaje y las relaciones más soportables, amando sin fisuras todo lo que está vivo y todo lo que vendrá. No usa la palabra para explicar, sino para transformarse en cada cosa, para fundar el mundo. Porque después de hablar de tu vida, de separarte y de unirte, después de exponerte al frío y a la lluvia, sabes que sólo hay una forma de vida posible y debes defenderla, y hablar de ella a quien te pregunte. Sólo hay una forma de creer, de hablar y de mirar. El iris salvaje lo componen los poemas de alguien que ha pasado por todo, que lo ha dejado todo, y que ha decidido volver. Ser capaces de saber cuánta tristeza vive en cada cosa es mucho más de lo que esperábamos saber. Este es el proyecto de Glück: que la tristeza no nos coja desprevenidos”.
El jardín
No puedo hacerlo nuevamente,
difícilmente soportaría verlo;
bajo la tenue lluvia del jardín
la joven pareja siembra
un surco de guisantes, como si
nadie lo hubiese hecho nunca:
los grandes problemas todavía
no han sido enfrentados ni resueltos.
Ellos no pueden verse
en el polvo fresco aún, empezar
sin ninguna perspectiva,
con las colinas al fondo, verdes y pálidas, nubladas de flores.
Ella desea detenerse;
él desea llegar hasta el fin,
permanecer en las cosas.
Mírala a ella tocar su mejilla,
pedirle una tregua, los dedos
ateridos por la lluvia primaveral;
en el pasto tierno estrellan rojos azafranes.
Aun aquí, aun en los comienzos del amor,
su mano al abandonar la cara
da una impresión de despedida,
y ellos se creen
capaces de ignorar
esta tristeza.
Más no os puedo decir. Leerla, y amar la vida entre sus hojas.