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El abuso sexual

tn_pornografia-infantilEl abuso sexual
Dra. Patti Feuereisen

Una de cada cuatro chicas son víctimas de abusos sexuales antes de llegar a los dieciséis años, y el 48 por 100 de todas las violaciones se realizan a jóvenes menores de edad. Lo peor es que en esta sociedad, donde el abuso sexual está tan extendido, muchas mujeres ocultan sus historias. Permanecen escondidas, invisibles. La presente obra no sólo cuenta la verdad sobre estas agresiones; también cura. A traves de conmovedoras historiasd e sufrimiento la doctora Patti y las mujeres que las realatan nos aportan un mensaje alentador: si las chicas aprenden a contar sus historias durante el período que va desde la adolescencia hasta los veinte años, pueden curarse de manera notoria. “EL ABUSO SEXUAL cuenta la verdad sobre estos abusos como ningún otro libro ha osado hacerlo.
La presente obra no sólo cuenta la verdad sobre estas agresiones; también cura. El consejo amable de la doctora Patti y las impactantes historias relatadas por las propias jóvenes nos aportan un mensaje alentador: si las chicas aprenden a contar sus historias durante el período que va desde la adolescencia hasta los veinte años, pueden curarse de manera notoria.
La DOCTORA PATTI FEUEREISEN es una pionera en el tratamiento del abuso sexual en adolescentes y en mujeres jóvenes. Ejerce como psicoterapeuta en la ciudad de Nueva York, realiza talleres a nivel nacional y es la fundadora de www.girlthrive.com , una página web que ofrece ayuda y consejos a las mujeres afectadas por abusos sexuales.

9788420691169Tres décadas de cambio social en España

Juan Jesús Gonzalez y Miguel Requena
Alianza Editorial
Madrid 2005
348 páginas

Un grupo de jóvenes sociólogos demuestra bien a las claras en este tomo colectivo que lo ocurrido en las décadas de los ochenta y los noventa en España implica un profundo cambio en beneficio de la calidad de vida y de los servicios de que gozan los ciudadanos.

Si se comparan con 1970, los españoles y las españolas de hoy se casan más tarde, aunque cohabiten antes; tienen menos hijos y no les inquieta gran cosa tenerlos fuera del matrimonio; se identifican como católicos pero no van a misa, ni cumplen los mandamientos, ni se toman demasiado en serio los dogmas; no emigran ni cambian apenas de lugar de residencia y, cuando lo hacen, no se aventuran más allá de los límites de su provincia; no muestran ninguna prisa por morirse e incluso un buen lote se obstina en pasar de los ochenta años, o sea, que gozan de una larga esperanza de vida; no trabajan en la agricultura más que en una ínfima proporción; disponen de algunas posibilidades de moverse hacia arriba en la escala social; disfrutan de un considerable volumen de Estado de bienestar del tipo corporativo mediterráneo y han ido colmando buena parte del abismo que separaba a hombres de mujeres hace no más de treinta años.
Éstas son algunas de las con
clusiones a las que llega un plantel de sociólogos, adultos pero todavía jóvenes, pertenecientes a la primera generación de científicos sociales que ha dejado de llorar sobre los males de la patria y de hurgar en la herida de su metahistórico fracaso. No sólo que no lloren: es que rebosan de satisfacción al sentirse parte de ese cambio social por el que un país que era, como dicen ellos, cerrado, autoritario, poco competitivo y provinciano, se ha convertido en una sociedad abierta, tolerante, diversificada y capaz de beneficiarse de las oportunidades que ofrece el proceso de globalización; un país más acogedor y cohesionado, que ha resuelto las grandes cuestiones que -dicen también ellos- lo llevaron a la Guerra Civil en los años treinta.
Lejos de la guerra, pero no menos lejos del franquismo, resulta refrescante tropezar con unos sociólogos dispuestos a levantar el diagnóstico de los bienes, más que de los males, de la patria y comprobar que aquella literatura terapéutica que tanto abrumaba a don Juan Valera en su vejez haya pasado a mejor vida. Rompiendo una costumbre ancestral, los autores de esta serie de estudios no sienten rubor alguno en afirmar que el balance de las tres últimas décadas es claramente positivo y que, como resultado de ello, vivimos en un país que ha sido durante ese periodo un modelo o una referencia mucho más que el contramodelo que se había acostumbrado a ser durante los últimos dos siglos.
No se trata, desde luego, de meras impresiones propias de narcisistas autocomplacientes. A medida que se avanza en los análisis elaborados para este excelente manual -de la segunda transición demográfica a las nuevas familias, del mercado de trabajo a la inmigración o del Estado de bienestar a la persistente desigualdad y a los niveles de pobreza- salta a la vista que todas esas afirmaciones tienen una sólida base empírica en las que apoyarse. Cuidando de no sucumbir a la jerga del oficio, con una prosa clara y una exposición didáctica, los autores ofrecen una serie de números, cuadros, gráficos y toda la panoplia de instrumentos para fundamentar el principal resultado de su trabajo: que, contra lo que pudieran creer quienes fueran testigos de la gran transformación de los años sesenta, lo ocurrido en las décadas de los ochenta y los noventa implica un cambio más profundo, más radical, en la estructura de la sociedad, en su demografía, en sus ocupaciones, pero también en procesos que atañen a valores y creencias.
Cuando no faltan voces que
pretenden poner patas arriba lo alcanzado en estas décadas, no viene mal echar, con González, Requena y compañía, una mirada atrás y recordar, a modo de secularizado ejercicio espiritual, quiénes somos y de dónde venimos para vislumbrar hacia dónde vamos con algo más de perspectiva del que permite la ración de ruido político con la que nos desayunamos cada día.

La furia y el silencio

furiaLa furia y el silencio
Jorge Martinez Reverte
Ed. Espasa 2008

En la primavera de 1962 se produjo en Asturias, en las cuencas mineras, una huelga silenciosa y pacífica que llegó a acorralar al Gobierno de Franco.
Jorge Martínez Reverte relata con detalle y con una gran carga de emoción aquel estallido popular que supuso un adelanto muy significativo del deseo de justicia y libertad que se materializaría una década después.
El libro refleja un de los movimientos más importantes de oposición contra el franquismo, llevado a cabo en el inicio de los 60 sin armas ni palabras, solo con gestos, en una España en que derechos como huelga no existian, y la palabra obrero estaba prohibida. La protesta enfrentaria a Franco con 40.000 trabajadores.
El escritor Jorge Martínez Reverte ha recuperado en “La furia y el silencio” (Espasa) la memoria de aquellos dos meses de 1962 que cambiaron la conciencia de un país humillado y moralmente miserable “porque de una protesta contra unas condiciones laborales brutales nació la lucha por la libertad, la lucha contra Franco”, según ha explicado en una entrevista con EFE el autor.Después de 5.000 inspiraciones de polvo de carbón extraído a más de 300 metros de profundidad durante seis horas cargando un martillo de cinco kilos, y de dos horas de marcha para llegar y otras dos para volver a casa, todo lo que recibían los mineros eran 85 pesetas al día, cuando un kilo de carne costaba casi 100.Así las cosas, en abril de 1962, siete “productores” de la mina Nicolasa, en Mieres, decidieron, sin intercambiar otra cosa que miradas, no bajar al pozo.A partir de ahí comienza un rosario de detenciones y despidos que sólo terminará el 10 de junio, con el sueldo duplicado y su readmisión, aunque más de cien de ellos no podrán recuperar su puesto y eso dará lugar a otra huelga en agosto. Pero ésa es otra historia.En medio, las empresas mineras, con un papel que el escritor describe como “siniestro”, porque el carbón ya no les era rentable y querían que la situación se degradase al límite para forzar que el Estado, como acabaría sucediendo años después, se quedara con las minas.Es una historia “fascinante”, llena de “personajes maravillosos”, que “la gente debería conocer, porque significó el cambio de un país”, sin líderes, en silencio, sin más altavoz que Radio Pirenaica, y con la sola fuerza de una solidaridad que nunca más se ha visto en España.La chispa de la emulación la encendía el trabajador más respetado con el gesto de no bajar la percha para recoger su ropa de trabajo. No hacía falta más. A los “indecisos” les regaban el camino de maíz y ya sabían ellos que les estaban llamando “gallinas”, “y eso no, cobardes nunca”.”El papel de las mujeres es increíble. Aguantaron las casas, hicieron de mensajeras, tiraron maíz, propaganda, se enfrentaron a los interrogatorios y a la policía. Fueron tan activas como los hombres”.Lo que más le ha interesado al escribir sobre esa “huelgona” es que la historia, documentada a partir de más de 60 entrevistas con sus protagonistas y los archivos policiales, entre otras fuentes primarias, se lea como una novela, “que se entiendan bien los hechos pero a la vez que pueda apasionar”.”Este libro es un esfuerzo de contención porque cada personaje es una novela. Son vidas brutales en un ambiente oscuro. Muchos me han fascinado, pero tenía una disciplina de trabajo que me impedía ‘colgarme’ de ellos”.No sobra nadie y tampoco falta. “Quería hacer esta historia coral y ni a mi ni a nadie se le pueden ocurrir personajes tan buenos. Si hubiera metido aquí a Julio Gálvez -su periodista a ratos investigador que ha protagonizado varias de sus novelas- les habría quitado protagonismo, pero volverá aunque aún no se dónde le voy a meter”.

Historia de una traición

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En tiempo de Guerra. El ataque terrorista de Hitler contra Estados Unidos
Galaxia Guttemberg

El prestigioso abogado estadounidense Pierce O’Donell se plantea en este libro, En tiempo de guerra, si un presidente de gobierno puede saltarse las leyes elementales que constituyen el pilar de una sociedad democrática para hacer frente al terrorismo global.

En junio de 1942, dos submarinos alemanes desembarcaron en las costas de Florida y Long Island a ocho comandos nazis. Tenían la misión de infiltrarse vestidos de civil entre la población de las grandes urbes, volar fábricas de suministros bélicos y sembrar el terror poniendo bombas en lugares donde causaran gran cantidad de víctimas. Entrenados durante meses en centros especiales, los terroristas constituían la avanzadilla de un plan ideado por Hitler para desmoralizar a los norteamericanos, todavía traumatizados por la declaración de guerra a Japón, tras el ataque por sorpresa a Pearl Harbour.

Los saboteadores habían vivido anteriormente en Estados Unidos, hablaban inglés como autóctonos y hasta tenían familiares allí; dos de ellos eran ciudadanos norteamericanos. Disponían de mucho dinero, explosivos y tiempo de sobra para planear los atentados con eficacia. El camuflaje habría sido perfecto si se hubiera tratado de un grupo de nazis fanáticos y no de hombres de carácter menos férreo, y que por variadas circunstancias personales tuvieron que aceptar aquella arriesgada misión. Recién llegado, el jefe del comando, John Dasch, en connivencia con otro de sus camaradas, Peter Burger, asimismo poco convencido de su cometido, decidió delatar a sus compañeros al FBI, animado por la esperanza de convertirse en un héroe norteamericano. Los denunció y fueron detenidos enseguida, sin que hubieran planeado siquiera ni un solo atentado.

El FBI ocultó a la prensa que
Dash les había facilitado el descubrimiento de los comandos y proclamó a los cuatro vientos la captura de aquellos “peligrosos terroristas” como fruto de su propia sagacidad. El presidente de Estados Unidos en aquel entonces, Franklin Delano Roosevelt, se tomó el caso de los terroristas con un interés particular: había que darles un castigo ejemplar como advertencia a Hitler. Decretó que los juzgara en secreto un tribunal militar que debía condenarlos a muerte, dado que ello elevaría la moral de los ciudadanos. Aunque iban a ser ahorcados, a los nazis se les asignaron dos abogados militares que actuarían como defensores, uno para el delator Dasch -a quien el FBI le había prometido la libertad si se declaraba “culpable”, algo que luego nadie tuvo en cuenta- y otro para el resto de sus hombres; este último era el coronel Kenneth C. Royall, un hombre honesto y cumplidor de su deber que estuvo a punto de descalabrar el plan al denunciar desde un principio la inconstitucionalidad del decreto presidencial así como el proceder ilegal de aquel tribunal “amañado”. Toda la actuación del abogado se centró en pedir que se respetaran los derechos inalienables de sus defendidos en contra de un presidente todopoderoso.

Pierce O’Donell, “uno de los cien abogados más influyentes de Estados Unidos” según reza la cubierta de En tiempo de guerra, describe con suma agilidad las peripecias del caso de los saboteadores y el desarrollo del duelo titánico que sostuvo el coronel Royall. Por desgracia, fue la lucha de un enano contra gigantes: el tribunal declaró culpables a los acusados; seis de ellos murieron en la silla eléctrica mientras que Dasch y Burger fueron condenados a cadena perpetua, casi como quería el presidente y exigía el “estado de guerra”.

O’Donell alcanza con el relato de aquel caso la actualidad de Guantánamo, Irak o Afganistán. Su libro recuerda que el presidente Bush no ideó esos purgatorios ilegales, donde se retiene durante años a personas que en su mayoría son inocentes, sólo por su perfidia o en competencia con la maldad de Bin Laden y sus fanáticos de Alá, como a veces se proclama en Occidente. Bush declaró el estado de guerra a raíz de los atentados del 11-S ordenando mediante decreto presidencial que se detuviera a sospechosos de pertenecer a Al Qaeda; pero actuó respaldado “legalmente” por sus mejores abogados, y éstos se basaron en el precedente jurídico de Rooselvelt y el caso de los saboteadores, que era harto discutible cuando no erróneo, como O’Donell demuestra en su bien documentado libro.

La práctica de Bush no es única: ya Abraham Lincoln saltó por encima de los derechos legales más elementales al decretar la muerte en la horca de tres hombres y una mujer -quizás inocente- que habían atentado contra él. Y Roosevelt hizo de su ondeante capa un vulgar sayo al suspender los mismos derechos a ciento diecisiete mil ciudadanos norteamericanos de ascendencia japonesa tras el ataque a Pearl Harbour, confinándolos en campos de internamiento desde 1942 hasta 1946, a fin de evitar que pudieran “colaborar con el enemigo”, de su misma “raza”. Aquellas personas inocentes perdieron su libertad en virtud de otro ominoso decreto presidencial y prescindiendo de la Constitución norteamericana que los amparaba. Tanto Bush como los anteriores presidentes ejercieron una potestad de la que en realidad carecían: saltarse las leyes elementales que constituyen el pilar de una sociedad democrática a fin de defenderla de sus enemigos, algo así como pretender esclavizarla para erradicar la amenaza de la esclavitud; antepusieron su poder personal al de la ley, lo típico del totalitarismo.

La pregunta esencial que formula O’Donell tras la historia de los malparados terroristas nazis es sencilla, pero de difícil respuesta: ¿hay que ceder frente al diablo (el terrorismo global) renunciando por seguridad al cumplimiento de nuestras leyes fundamentales aun cuando la nación esté en guerra? Aduce que, de hacerlo así, no aumenta nuestra seguridad sino todo lo contrario; la fe en los valores democráticos exige la defensa a ultranza de las libertades civiles: “Aunque sea al mismo Satanás, debemos concederle las ventajas que le otorga la ley”; pues, si las omitimos con el argumento de que así se lo pondremos más difícil y nos defenderemos mejor de sus acometidas, “estamos creando nuestra propia trampa”. Guantánamo y sus prisioneros anaranjados, la descerebrada soldado England infligiendo torturas en Irak socavan en el resto del mundo la credibilidad en el imperio de la ley que tanto Estados Unidos como Europa siempre deberían exportar y defender contra la arbitrariedad de los bárbaros que pugnan por destruirlo.

Rojo, el hombre

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VICENTE ROJO. RETRATO DE UN GENERAL REPUBLICANO
José Andrés Rojo
Tusquets. Madrid, 2006
464 páginas. 22 euros

Una actitud de lealtad llevó a un oficial católico como Vicente Rojo a permanecer fiel a la República tras la insurrección militar de 1936. Nombrado jefe del Estado Mayor Central del Ejército republicano durante la guerra, este general se convirtió en el principal rival de Franco hasta el final del conflicto, como relata esta biografía escrita por uno de sus nietos. El general Vicente Rojo, segundo por la derecha, e Indalecio Prieto, primero por la izquierda, durante la batalla de Teruel. (ARCHIVO FAMILIAR VICENTE ROJO) En febrero de 1938, cuando la ofensiva franquista sobre Teruel puso a la República al borde de la derrota, el doctor Negrín, jefe del Gobierno republicano, remitió una carta privada a su abatido jefe del Estado Mayor Central, general Vicente Rojo Lluch: “No vislumbro ningún valor que pueda aproximarse a usted por su pericia profesional, serenidad, clara visión -exenta de optimismos fáciles y de pesimismos más fáciles aún-”. El testimonio, que no fue elúnico tributo de admiración cosechado por el general, se recoge en la densa semblanza escrita por uno de sus nietos, el periodista José Andrés Rojo, que ha recibido por su obra el XVIII Premio Comillas de Biografía en el año 2005. Es un galardón merecido porque el retrato cumple con creces las exigencias historiográficas de exhaustiva apoyatura documental, distancia crítica en la interpretación y carencia de encono partidista en la exposición. Y cumplir esas exigencias no era tarea fácil. Primero, porque abordar la vida de Rojo significa tratar del antagonista principal del general Francisco Franco en el campo de batalla durante la Guerra Civil, con todas las implicaciones inherentes a ese duelo. Y, segundo, porque la documentación disponible es ingente: desde las numerosas obras publicadas por Rojo hasta la oceánica literatura secundaria sobre el conflicto pasando por el crucial archivo particular del general, depositado en el Archivo Histórico Nacional. Decía José Ortega y Gasset que una biografía debe atender a tres dimensiones de una vida: vocación, circunstancia y azar. Es una gran virtud de esta obra haber conseguido un retrato del general Rojo que articula con acierto la atención a los azares que afectaron tanto a su vocación permanente, la de ser un buen militar, como a sus circunstancias históricas, desde la orfandad inicial al drama de la contienda bélica, la amargura del exilio y el dolor del retorno a la patria como vencido. Porque Rojo, nacido en el pequeño pueblo valenciano de Fuente La Higuera en 1894, dos años después que Franco, fue ante todo un militar. No sólo por ser hijo huérfano de militar, sino porque, fallecida su madre cuando contaba trece años, su vida transcurrió en un internado para huérfanos de la Infantería y, posteriormente, en la Academia de Infantería de Toledo. De allí salió en 1914 como número 2 de una promoción de 390 alumnos, para prestar servicio durante casi cinco años en la guerra colonial en Marruecos, donde encontraría al gran amor de su vida, su esposa, una ferviente católica, hija y hermana de militares africanistas. Como la aventura colonial no colmaba las inquietudes de un oficial serio, católico y estudioso, Rojo optó por seguir la “vía del conocimiento” y en 1922 se convirtió en profesor de la Academia de Infantería. Allí permanecería diez años, hasta su traslado a Madrid, durante la República, para cursar estudios de Estado Mayor. En 1936, ya comandante, fue destinado al Estado Mayor Central. El azar y la circunstancia se combinaron en julio de 1936 para dar un vuelco total a la vida del joven militar y de su extensa familia. Iniciada la insurrección militar contra el Gobierno republicano, Rojo permaneció en su puesto sin asomo de duda. Lo hizo por respeto al principio de obediencia y disciplina, al margen de simpatías políticas o ideológicas. Esa decisión de un militar católico y demócrata, imitada por algo menos de la cuarta parte de la oficialidad, fue el factor clave que posibilitó el fracaso del golpe en la mitad de España. La resultante guerra civil alinearía a esos militares leales con unas milicias sindicales en una combinación forzada e inestable. Rojo destacaría desde muy pronto en las filas militares republicanas por su lealtad, energía y eficacia. Por eso, en noviembre de 1936, el Gobierno le encomendó una tarea hercúlea: la Jefatura de Estado Mayor que había de defender Madrid del asalto franquista. El inesperado éxito cosechado le catapultó a la Jefatura del Estado Mayor Central en mayo de 1937, tras la formación del Gobierno presidido por Negrín. Y desde ese cargo, Rojo se convirtió en el máximo artífice de la estrategia defensiva practicada por la República durante la contienda. Asumiendo la evidente supe rioridad material del enemigo y las dificultades de aprovisionamiento propio, Rojo trató de conjurar la inminencia de la derrota mediante una serie de inesperadas ofensivas de distracción en frentes secundarios (Brunete, Belchite, Teruel, Ebro), siempre encaminadas a aliviar la continua presión del avance franquista en el frente principal de sus ataques. Su brillantez estratégica acabó tropezando con la cruda realidad de la inferioridad material de sus tropas, del agotamiento moral de la población civil y de la desesperanza causada por la falta de apoyo de las grandes democracias. El colapso militar, en febrero de 1939, convirtió a Rojo en uno más del medio millón de exiliados llegados a Francia desde Cataluña. No terminaría allí su amargo periplo. Tras partir de inmediato a Argentina, el general se trasladó a Bolivia en 1942 para convertirse en profesor de la Escuela de Guerra del Ejército boliviano. Permaneció en Bolivia durante quince años, hasta que la enfermedad, un enfisema pulmonar que afectaba el corazón, y la nostalgia le inclinaron a regresar a España para morir en su patria. Franco aceptó su retorno pero insistió en que penara por sus faltas. Fue sometido a juicio militar en diciembre de 1957 y condenado a “reclusión perpetua” por delito de “auxilio a la rebelión”. Indultada la condena, quedó reducido a la condición de “muerto civil”, vigilado en todos sus actos sociales. Y aunque había vuelto a España para morir, todavía vivió en Madrid hasta el 15 de junio de 1966. Fue enterrado, como buen católico, en el cementerio de San Justo. Unas trescientas personas acudieron a decirle el último adiós bajo un discreto control policial. No en vano, como recuerda su nieto, se estaba enterrando a “un militar leal a la República, católico y demócrata”. Todo un símbolo y un modelo que el franquismo y su Caudillo no podían tolerar ni perdonar. Es posible que no pueda encontrarse mejor tributo que ése para su imponente y conmovedora figura histórica.

El último kawescar

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Fotografías de fueguinos y mapuche en el Jardin d’Acclimatation de París, siglo XIX

Christian Báez – Peter Mason

Editorial Pehuén, 2006
108 páginas, 50 fotografías

El libro trata de los avatares del traslado forzado de 11 kawésqar y 14 mapuche a Europa durante la década de 1880, y su exhibición en el Jardín de Aclimatación de París, poniendo en evidencia un comercio intenso entonces y que, con veladas formas, prevalece hasta hoy. El propósito de sus autores, los historiadores Christian Báez, chileno, y Peter Mason, inglés, ha sido exponer y comentar la información disponible sobre estos atropellos, que alcanzaron su mayor intensidad durante el medio siglo que va de las décadas de 1870 a 1930, concentrándose luego en dos casos de indígenas del territorio chileno que sufrieron el desarraigo y el oprobio de su plagio y exhibición, y, algunos de ellos, la muerte. Como se sabe y también se confirma o aprende en este libro, los casos de nativos expatriados por la fuerza o con dudosa anuencia fueron muchos más, pero Báez y Mason profundizan en estos envíos humanos a partir de dos álbumes de fotografías del príncipe Roland-Napoleon Bonaparte, titulados Jardin zoologique d’acclimatation. De représants de peuples des cinq continents, hoy accesibles en la Bibliothèque Nationale Française, en París. En estos verdaderos muestrarios humanos con abundantes fotografías de personas llevadas en gira forzada por Europa, figuran 50 imágenes de los kawésqar y mapuche a partir de las cuales los autores desarrollan su exhaustivo recuento.

Humo Humano

humo-humanoHumo Humano

Nicholson Baker

Editorial Debate, 2009

JOSÉ MARÍA RIDAO – Babelia

Desde que, con motivo de la conmemoración del medio siglo del final de la II Guerra Mundial, la investigación historiográfica empezó a confundirse con el denominado “trabajo de memoria”, la idea de que el conflicto más devastador de todos los tiempos revestía los caracteres de una lucha escatológica, de un combate contra el Mal Absoluto, ha ido ganando terreno. Poco a poco, la indagación sobre los procesos políticos, diplomáticos y económicos que condujeron a la guerra se fue abandonando en favor de una reflexión de otra naturaleza, a medio camino entre la filosofía y la teología, y en la que lo más relevante es responder a la pregunta de por qué el ser humano fue capaz de tantas atrocidades como tuvieron lugar entre 1939 y 1945. Podría tratarse, sin duda, de una reflexión interesante, incluso necesaria, pero a condición de que no parta del equívoco que Nicholson Baker denuncia en su ensayo Humo humano, que acaba de publicar en España Debate: ese genérico ser humano que se libró a la destrucción y el asesinato en masa no se encontraba únicamente en las filas del nazismo, sino también, en mayor o menor medida, en cada uno de los bandos enfrentados.

El abogado Roosevelt propuso reducir el número de judíos en la Universidad

El propósito declarado de Baker es saber si la II Guerra Mundial fue una “guerra buena” y si, hechos todos los balances, “ayudó a alguien que necesitara ayuda”. Tal vez la sensación de que, al emprender esta tarea, se vería obligado a nadar a contracorriente de un relato historiográfico que consagra a Churchill y a Roosevelt como héroes haya llevado a Baker a plantear su obra, no como un volumen de historia al uso, sino como un texto coral en el que son los protagonistas quienes toman la palabra. El autor, por su parte, se ha limitado a seleccionar las declaraciones, los artículos de prensa, las cartas o los diarios en los que los protagonistas se expresan en primera persona, añadiendo de vez en cuando breves comentarios sobre el contexto y, siempre, la fecha de los documentos. El resultado es perturbador, como si, de pronto, hubieran sido convocados a escena todos los silencios, todos los equívocos imprescindibles para que la historia de la II Guerra Mundial se pueda seguir contando como hasta ahora.

 

Baker no expone una tesis, la ilustra. Y para ello concentra la mirada sobre dos de los dramas mayores del conflicto: el sistemático bombardeo de poblaciones civiles y las iniciativas, o mejor, la absoluta ausencia de iniciativas oficiales, para salvar a los judíos perseguidos por el nazismo. En realidad, la posición de Baker, la tesis que se propone ilustrar en Humo humano, sólo queda fijada en la dedicatoria con la que concluye un breve epílogo de apenas dos páginas: “Dedico este libro”, escribe Baker, “a la memoria de Clarence Pickett y otros pacifistas estadounidenses y británicos. Jamás han recibido realmente el reconocimiento que se merecen. Intentaron salvar refugiados judíos, alimentar a Europa, reconciliar a Estados Unidos y Japón e impedir que estallara la guerra. Fracasaron, pero tenían razón”.

 

Humo humano establece un implícito paralelismo entre la guerra total que inspira la estrategia de todos los contendientes en la II Guerra Mundial y los ataques aéreos en los territorios coloniales. Es entonces cuando aparecen por primera vez protagonistas como el futuro jefe del Bombing Command, Arthur Harris, y el también futuro primer ministro británico, Winston Churchill. “Estoy decididamente a favor de emplear gas tóxico”, escribe Churchill al jefe de la Royal Air Force, “contra tribus incivilizadas”. La confianza del primer ministro en la eficacia del bombardeo contra civiles, aunque ya no con gas tóxico, que había sido prohibido, se mantiene intacta al iniciarse la II Guerra Mundial, sólo que ahora Chur-chill pretende que la lluvia de fuego que descarga sobre las ciudades de Alemania transmitan el mensaje de que los alemanes deben rebelarse contra Hitler. Con el implícito y aterrador corolario de que, si no lo hacen, se convierten en cómplices del dictador.

Los textos que reproduce Baker recuerdan que el antisemitismo no fue sólo un sentimiento alimentado por el nazismo, sino un clima general. Cuando aún era un simple abogado, el futuro presidente Roosevelt se dirigió a la Junta de Supervisores de Harvard proponiendo que se redujera el número de judíos en la Universidad hasta que sólo representaran un 15%. Y Churchill, entretanto, publicaba en febrero de 1920 un artículo de prensa en el que decía que judíos “desleales” como Marx, Trotski, Béla Kun, Rosa Luxemburgo y Emma Goldman habían desarrollado “una conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización”. Creía, sin duda, en la existencia de “judíos leales”, a quienes exigía en ese mismo artículo que vindicasen “el honor del nombre de judío”, pero la obsesión antibolchevique le jugó la mala pasada de elogiar, también en la prensa, a Mussolini, de quien se declaró “encantado por el porte amable y sencillo” y “por su actitud serena e imparcial”. E incluso a Hitler, de quien, dejándose influir por los comentarios de los que lo conocían, estima que era “un funcionario harto competente, sereno y bien informado de porte agradable y sonrisa encantadora”. En contraposición, Trotski “era un judío. Seguía siendo un judío. Era imposible no tener en cuenta este detalle”.

Es probable que quienes defienden la interpretación de la II Guerra Mundial como una “guerra buena”, como una lucha escatológica contra el Mal Absoluto, reprochen a Baker la selección de los textos que ha incluido en su provocador Humo humano. Pero, aun así, esos textos seguirán estando donde están, y obligan, cuando menos, a repensar la relación entre la historia y el tan traído y llevado “trabajo de memoria”.

 

 

Los bombardeos

- Un informe de la RAF, en 1936. “Si nuestros ataques pudieran desmoralizar al pueblo alemán, empleando métodos parecidos a los que prevemos que los alemanes utilizarían contra nosotros, su Gobierno podría verse obligado a desistir (…). Pero es probable que una dictadura militar sea menos susceptible a las protestas populares que un gobierno democrático”.

 

- Capitán Philip Mumford, ex oficial en Irak, en 1937. “¿Qué diferencia hay entre arrojar 500 bebés a una hoguera y arrojar fuego desde un avión sobre 500 bebés?”.

 

- George Bell, obispo de Chichester, en 1941. “Las incursiones nocturnas inglesas sobre suelo alemán habían precedido a los bombardeos nocturnos alemanes sobre suelo inglés”.

- Winston Churchill, en 1941. “Hay millones de alemanes que son curables y otros matables”.

El ducado de Cantabria

322-libro-saiz“El Ducado de Cantabria, origen de un Reino”,

José Ramón Saiz Fernández,
Ed. Tantín (Santander), 2000

 

 

Se puso de moda por ser el regalo institucional en la boda de los Principes de Asturias, y ha vuelto a serlo estos dias  por ser el libro más vendido en la caseta de Cantabria de la LVIII Feria del Libro de Madrid, según relata en su blog Lalo Cuevas.

Catedrático de periodismo, polemista, escritor, político, Saiz mostraba estos dias su satisfacción por el éxito d eun libro que nacido en 2000, ya va por su cuarta edición, algo elogiable en un libro técnico, que aborda un tema de carácter casi local. Pese a  ello, el libro ya ha superado los 7.000 ejemplares, dando a entender el interés creciente que despierta en el resto de España la historia y la cultura cantabra.

Por orden de ventas, El Ducado de Cantabria alcanzó, a gran distancia, el número uno en ventas de los títulos cántabros, seguido de Historias de raqueros, de Ramón Saiz Viadero, también de Ediciones Tantín; 50 paseos para conocer Cantabria (Estudio) de Fernando Obregón; Concha Espina: perfil biográfico y literario (Tantín) de María Luisa Pérez Bernardo; Románico en Cantabria (Estudio) de Miguel Ángel García Guinea; El Cariñoso, los emboscados de Miera (Tantín) de Isidro Cicero; El libro de las hojas muertas (Valnera) de Pablo Torrecilla; Los Cántabros (Estudio) de Joaquín González Echegaray; El Soplao (Creática), de Francisco Fernández Ortega y Maria del Carmen Valls; Enigmas de Cantabria (Cantabria Tradicional) de Fran Renedo Carrandi; Cantabria, guía artística (Estudio) de Miguel Ángel García Guinea y Los pasiegos, religiosidad y vivencia (Límite) de Antonio Montesino y Mary Rosales.

Una treintena de libros

Hasta ahora, José Ramón Saiz, doctor en Periodismo por la Universidad Complutense, ha escrito una treintena de libros, entre los que destacan títulos como los siguientes: El Presidente, claves históricas de una transición (1980). 75 años de Historia de la Asociación de la Prensa de Cantabria (1989); El Ducado de Cantabria, origen de un Reino (2002). 3 ediciones; El Cantábrico, historia de un periódico republicano entre dos siglos (2004). Cantabria es mi tierra (1980); Construir Cantabria. Por qué la autonomía (1980). Hacer Pueblo, Hacer Cantabria. (1981); En Defensa de Cantabria. (1981).El Impulsor, 64 años de historia de Torrelavega (1998). Historia de la Prensa de Torrelavega, siglo XIX (2000); Historia de la Prensa de Torrelavega (1901-1923). (2002) Biografía de Jesús de Monasterio (1985); Liébana, la tierra como era (1985); Cantabria, Comunidad Histórica (1998). La Villa de Cartes según el Catastro de Ensenada (1753). Cien años de historia de la iglesia de La Asunción de Torrelavega (2001); Torrelavega, Crónicas de un Centenario (1995). La Comarca en la Autonomía de Cantabria (1988). Torre La Vega, siglo XX. Crónica ilustrada de una ciudad (1900-1925). Vol. 1 (2006); Así Comenzó la Autonomía. Memorias del Primer Gobierno de Cantabria 1982-83 (2007); Torre La Vega, siglo XX. Crónica ilustrada de una ciudad. (1925-50). Vol. II. (2007); Torre La Vega, siglo XX. Crónica ilustrada de una ciudad. (1950-62). Vol. III. (2008).

De profusa documentación, “El ducado de Cantabria” aporta, en un lenguaje cuidado pero llano datos suficientes como para recomponer esa parte de nuestra historia, Cantabra y española que determina el paso de la España prerromana a la medieval, la fusión de las sociedades primitivo comunales que representaban los núcleos de Ciudad Cantabria y Amaya, semi autónomos en época visigoda, con las comunidades feudales, resistentes a los musulmanes, en los años posteriores a la caída del reino visigodo

La sombra del viento

321-libro-zafonLa sombra del viento

Carlos Ruiz Zafón

2005
Ed. Planeta
ISBN: 84-08-04364-1
Páginas: 576

Marilu Queretaro de Artega, Mejico DF

Un amanecer de 1945 un muchacho es conducido por su padre a un misterioso lugar oculto en el corazón de la ciudad vieja: El Cementerio de los Libros Olvidados. Allí, Daniel Sempere encuentra un libro maldito que cambiará el rumbo de su vida y le arrastrará a un laberinto de intrigas y secretos enterrados en el alma oscura de la ciudad. La Sombra del Viento es un misterio literario ambientado en la Barcelona de la primera mitad del siglo XX, desde los últimos esplendores del Modernismo a las tinieblas de la posguerra. La Sombra del Viento mezcla técnicas de relato de intriga, de novela histórica y de comedia de costumbres pero es, sobre todo, una tragedia histórica de amor cuyo eco se proyecta a través del tiempo. Con gran fuerza narrativa, el autor entrelaza tramas y enigmas a modo de muñecas rusas en un inolvidable relato sobre los secretos del corazón y el embrujo de los libros ,manteniendo la intriga hasta la última página.

Me atrapó como gusano en telaraña. A mi siempre me han gustado aquellas novelas en las que te tienen con las uñas en la boca y con la imaginación a mil por hora, en donde resolver el misterio es el principal motivo para seguir adelante en la lectura. Ahora con La sombra del viento, añádele la forma amena y precisa de narrar del autor, donde a cada frase te deja un buen sabor de boca y una sensación de satisfacción, pues si quieres misterio, lo tendrás, si quieres intriga, la habrá, si deseas romance estará presente, junto con un ambiente inolvidable y casi palpable.
Los personajes están bien perfilados, algunos son geniales y otros un tanto transparentes, pero aún así todos me resultaron enigmáticos y originales, hasta le tomé un cierto gusto al de Fumero. Ningúno sale sobrando.
Se me hizo gracioso estar despierta hasta las tantas de la madrugada por estar leyendo, y que al final, ya dormida soñara con los personajes. Tan así me adentré en el mundo de Carax-Sempere.
Lo que más me gustó: El mito de Julian Carax. Y el presonaje de Fermín, sobre todo por las puntadas que se saca y con esas frases tan cómicas.
Lo que menos me gustó: Aquí voy, no me gustó el final. Después de tanta intriga, color neblina y humo azul, se me hizo tan clásico y trillado. Yo que esperaba un final demoledor, más original, quizá trágico o más impresionante. Pero es una opinión y gusto personal, por lo demás esta todo bien.

Mujtar Mai

mujtar

Mujtar Mai
Traducción de Nuria Petit Fonsere

Aguilar, Madrid 2006

206 páginas. 16,50 euros

El caso de Mujtar Mai se ha convertido en emblemático de la lucha por los derechos humanos en Pakistán. Esta mujer, que en su remoto pueblo fue violada por cuatro miembros de una casta superior y opresora cuyo poder permitió que esa atrocidad se enmascarara de sentencia emitida por la asamblea comunal, optó por enfrentarse a un sistema de cosas que perpetúa la atroz sumisión de las mujeres. Sólo ahora, en el curso de su combate auspiciado por organizaciones de derechos humanos, ha aprendido a leer y a escribir, e incluso a hablar el urdu, idioma oficial de Pakistán. Mujtar Mai ha recibido recientemente el Premio Casa Asia.
Este libro lo dictó a una periodista francesa, Marie-Thérèse Cuny. Con ser ejemplar toda su historia, el relato de Mujtar Mai tiene el aliciente añadido de narrar otras cuantas atrocidades padecidas por diversas paquistaníes. Así el lector cobra mejor conciencia de cómo el feudalismo, el oscurantismo religioso y el machismo resultan un engranaje difícil de pelar.
Mujtar Mai, hoy en día, sigue con escolta en su pueblo, porque, si bien sus agresores fueron condenados a muerte, pueden ser puestos en libertad por el Tribunal Supremo, adonde ha llegado la causa. De momento, ha logrado gracias al apoyo internacional poner en funcionamiento una escuela, donde a niños y niñas se les inculca la tolerancia y se les plantea que la opresión no tiene que ser eterna. El relato de Mujtar Mai se presenta hábilmente dosificado e incluso con adornos coloristas sobre las costumbres de Pakistán. Pero pone los pelos de punta si se piensa que en ese país hay bombas atómicas, y alianzas oscuras tanto con Estados Unidos como con Al Qaeda.

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